Hebert Gatto
Hebert Gatto

Brasil, el fin de un ciclo

La corrupción política como abuso de poder público en beneficio privado, es un fenómeno que no distingue ideologías, culturas o países.

La corrupción política como abuso de poder público en beneficio privado, es un fenómeno que no distingue ideologías, culturas o países.

Se trata de una presencia universal que atraviesa la historia de la humanidad en su conjunto. Desde Sócrates o Cicerón, que alarmados intentaron definirla, hasta su actual presencia en el mundo. Por más que en cada época pueda manifestarse con modalidades particulares. Así, en la antigüedad se identificaba con visiones patrimonialistas de la cosa pública y se confundía con la riqueza del soberano, mientras que en la modernidad, a medida que el Estado complejiza sus funciones y aumenta su tamaño, se presenta de la manera más ubicua.

Por ello resulta enormemente desacertado que el vicepresidente uruguayo haya manifestado, en un reciente simposio internacional sobre el tema, que la corrupción no se vincula con la izquierda. Según expresó, no se puede practicarla y mantenerse en ella. Lo cual es notoriamente falso aún cuando lo que se hubiere querido expresar fuera de orden puramente normativo -la izquierda no es compatible con la inmoralidad-, ello resulta un artificio meramente verbal para ocultar una realidad que lo contradice. Más aún cuando, como sucede habitualmente, se trata de una conducta cometida por un representante o delegado del poder público que debe mentir para consumarla estafando al pueblo al que representa.

No en balde “Transparencia Internacional”, la organización con sede en Berlín creada contra el fenómeno, ha expresado que en una escala que califica a cada uno de los ciento treinta y cuatro principales países con un puntaje de cero (corrupción total) hasta diez (transparencia absoluta), el promedio del conjunto es menor a cinco. Y esto aún cuando este ranking no aplique a las grandes empresas privadas (sin despreciar las pequeñas) cuyo desempeño resulta con frecuencia incalificable.

Estas consideraciones son válidas aún cuando no dejen de sorprender las graves acusaciones de corrupción que en estos precisos momentos recorren Latinoamérica (de larga tradición en este tema), en relación a las recientes y aparentemente agónicas experiencias populistas de izquierda. Las mismas que parecían monopolizar ad-eternitatem el futuro del continente. Como es el caso argentino, donde se acumulan crecientes sospechas sobre la probidad del régimen kirchnerista y la moral de sus conductores, Venezuela, Nicaragua, el presidente boliviano y, de manera sorprendente, el hasta ahora admirado régimen brasileño, hoy perseguido por la Justicia, en lo que, a la vista de los procesamientos ya efectuados, bien puede considerarse el peor ejemplo de corporativismo partidario americano. Aunque no puntúe exactamente como un populismo.

Todavía no sabemos si Lula da Silva es culpable de las acusaciones que caen sobre él, su familia y su entorno. En su momento supo hacer del Brasil una potencia mundial y avanzar notoriamente en materia de justicia social. Creó de la nada un Partido que asombró por su vitalidad y capacidad de renovación. Fueron muchos logros para un solo hombre. Pero nada de ello lo salva de las serias sospechas de corrupción que caen sobre él y su partido, ni lo exime de su deber, que es el de todos, de afrontar la Justicia y responder por su conducta. Los fueros de los que pretende valerse no fueron creados para evadir a los jueces o trampear a la Justicia, menos para debilitar a la democracia brasileña. Algo que la presidenta Rousseff también parece ignorar.

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