Hebert Gatto
Hebert Gatto

Argentina y su crisis moral

La República Argentina sufre una más de las tantas crisis ocurridas en su accidentada historia. Aunque no sea realmente de las más terribles -nada podrá igualar jamás su larga dictadura militar en los setenta-, lo que la singulariza es que presenta un doble rasero: una debacle económica que se sustenta en un caos político moral previo. Nada que la Argentina no haya vivido en ocasiones anteriores. Por más que lo distintivo de esta ocasión esté en sus raíces, en el descalabro moral de un sistema heredado cada vez más corrupto y en la desazón que esa indetenible caída cultural restrospectivamente genera.


Especialmente, cuando para explicarla, la mirada se detiene en los hombres y mujeres que dirigieron el país desde 1943 y que progresivamente, en cada gobierno, fueran aumentando su incapacidad. Tres cuartos de siglo durante los cuales, no solamente desorganizaron las estructuras económicas argentinas -estropeando un desarrollo promisorio-, sino que socavaron su espíritu como nación, barrenando lo que nunca se puede dañar en un pueblo: su esperanza de recuperación. La ilusión de un mejor mañana. En un descrédito que no se detuvo en su clase política, sino que esta vez se extendió al empresariado nacional (e internacional), y a gran parte de un movimiento gremial, todos incapaces de sustentar un proyecto nacional.

Los argentinos, tanto en el gobierno como en la oposición vivieron su historia pendientes del peronismo, como su esperanza o su karma. Lo hicieron divididos entre éste y el partido militar, directamente constituido por unas fuerzas armadas que nunca entendieron la democracia. Desde entonces la lucha de memorias y proyectos se desarrolló a partir de un populismo peronista original, cuyas políticas sociales y sindicales burilaron la memoria de las fuerzas trabajadoras, la amenaza militar y un simultáneo peronismo autoritario de escaso sentido institucional y escarceos fascistas, que humilló para siempre a las clases medias. A partir de ese momento, tanto bajo gobiernos castrenses, (el último de inédita ferocidad), como justicialistas, el peronismo se diversificó sin nunca superar sus contradicciones. Emergió un peronismo guerrillero, otro terrorista, otro neoliberal y nuevamente, con los Kirchner, un populismo de pretensión ideológica y vocación latinoamericana mimetizado con la izquierda clásica, o ésta con él. Este último, es el grupo que ahora implosionó.

Cristina Fernández de Kirchner está indagada en siete causas y procesada en varias de ellas. Sus acusaciones no son rumores; las sustentan varios jueces, no solo Bonadío, fiscales, empresarios y muchos ex representantes del peronismo K, entre ellos secretarios personales y ex altos funcionarios. Se trata de un fenómeno inédito o poco menos. En la historia de las naciones donde bolsos rebosantes de dinero mal habido pululaban por el país como premios a la virtud. El gobierno peronista lucía como un partido organizado, desde la cúpula del Ejecutivo para corromper al Estado. Cristina podrá clamar ser una víctima, pero su versión, a la larga, sólo convencerá a fanáticos. Quizás, éste no sea el fin definitivo del peronismo, del que los argentinos ni aprenden ni olvidan, pero es un ataque directo a su corazón.

Sería deseable que superaran el mito.

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