Hebert Gatto
Hebert Gatto

Antisemitismo, un flagelo redivivo

En ocasiones se siente que Francia, una adelantada de la cultura de Occidente, tiene, para bien o para mal, reacciones que anticipan lo que más tarde sucederá en el resto de Occidente.

Buena prueba de ello fue la revolución de 1789, la primera de un serie de movimientos que anunciaron el advenimiento del mundo burgués, la revolución de 1968 y sus secuelas, o actualmente, la irrupción de los "chalecos amarillos", una amenaza populista en ciernes para la salud de las instituciones democráticas. Al igual que en otro plano, no menos preocupante, lo mismo ocurre con las recientes manifestaciones de antisemitismo que asolan el país.

Más de 90 tumbas profanadas en el cementerio judío de Quatzenheim, localidad cercana a Estrasburgo, retratos profanados de Simone Veil, una mártir cristiana de origen judío, un feroz incidente de varios chalecos amarillos (corriente de protesta sin identidad ni ideología) con el filósofo judío Alain Finkielkraut, un hombre destacado por su equilibrio y templanza, en una andanada de ataques de 11 asesinatos desde el 2006. En lo que constituye una secuencia altamente preocupantes si consideramos que Francia es la tercera plaza de asentamiento judío en el mundo después de Israel y Estados unidos, con más de medio millón de integrantes.

La historia de Francia es una larga historia de persecuciones y expulsiones de judíos, que comenzada en los inicios del cristianismo se prologó hasta el final de la segunda guerra mundial. No sin incidentes dramáticos como el "affaire Dreyfus", a fines del siglo XIX, un simbólico adelanto de la Francia de Vichy que toleró y colaboró con el ocupante nazi en la muerte de decenas de miles de judíos franceses. En una desesperante secuencia que si pareció haberse calmado con el fin de la segunda guerra, el nuevo siglo ha demostrado falsa.

Esta esperanza se basaba en la presunción que el antisemitismo provenía ideológicamente de la extrema derecha nacionalista y cristiana, superada luego de la derrota del fascismo, como se creyó en la posguerra francesa. Los hechos supervinientes modificaron esta percepción. El inesperado crecimiento del islamismo radical, cuyo extremo se instituyó con la yihad y su conflicto con el estado de Israel, generó una nueva clase de judeofobia, con exponentes típicos como es el caso de Irán, Palestina o Siria. En este sentido, la mayoría de la comunidad islámica francesa, también fuertemente judeofóba, proviene del Norte de África. Mientras, por similares razones, parte de la izquierda contraria a la política israelí se declaró antisionista y desde allí se desliza sin pausa hacia el antisemitismo. Con lo cual reaparecieron en Francia dos corrientes antijudías, de diferente origen, poniendo nuevamente marcha atrás a la historia.

Esta situación augura un recrudecimiento global del antisemitismo. Más aún cuando en el mundo coexiste con los descritos otro tipo de antisemitismo, residual pero potente, conformado por clases medias frustradas, incluyendo sectores profesionales, que impulsadas por un rampante populismo nacionalista culpa a los judíos por sus dificultades con el estado de bienestar. Conformando un panorama de creciente generalización que vuelve amenazar al enemigo de siempre: la colectividad judía.

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