Hebert Gatto
Hebert Gatto

La ambigüedad como modelo

Aún sin conocer el dictamen de la comisión legislativa que analiza la situación de Ancap, resulta fácil prever que elaborará dos informes: uno en mayoría, estableciendo que no existieron irregularidades que ameriten la remisión del tema a sede penal, y otro en minoría, sosteniendo lo contrario.

Aún sin conocer el dictamen de la comisión legislativa que analiza la situación de Ancap, resulta fácil prever que elaborará dos informes: uno en mayoría, estableciendo que no existieron irregularidades que ameriten la remisión del tema a sede penal, y otro en minoría, sosteniendo lo contrario. 

En ambos casos, las conclusiones sobre la forma en que se gestionó la empresa no variarán. El ente público está quebrado, sus pasivos superan en más de diez veces su patrimonio, y sus pérdidas anuales resultan absolutamente insoportables.

Con este proceder se ha configurado el peor déficit entre las empresas estatales en la historia del país. Un agujero tenebroso que empequeñece al de Pluna, y en el que muchos comparten responsabilidades, tanto quienes lo produjeron como quienes conociéndolo, no lo denunciaron públicamente. Si este pasivo, como se alega, fue producto de inversiones, las mismas (buenas o malas), no debieron realizarse quebrando a Ancap. Y si no se trasladaron a los precios de los combustibles, como se pide, fue porque estos ya eran los más caros de la región. Algo que no consigue comprender el expresidente Mujica ni sus corifeos, especialistas en simplezas.

Este desastre económico, según este mismo periódico, equivale alternativamente a: trescientas setenta y cinco escuelas de tiempo completo (alrededor de veinte por departamento), a 62.500 patrulleros, o a un aumento considerable en el incremento del presupuesto nacional. Lo que, de haberse realizado, habría representado un aporte sustancial para la educación, la seguridad o el gasto estatal en su conjunto. Esto significa que deberemos aportar setecientos cincuenta millones de dólares para paliar, ni de lejos para saldar este déficit, sacrificando para ello a cada habitante de nuestro despoblado país. Una verdadera calamidad nacional. Además de un sarcasmo, que intenta explicarse por el ¡¡¡aumento salarial en las estaciones de servicio!!!.

El vicepresidente de la República manifestó en su defensa, que nunca le aclararon que Ancap “estaba fuera de control” y que sus dificultades eran conocidas por todo el gobierno. La declaración, lo digo con asombro, parece formulada por un despistado marciano caído por accidente en nuestra geografía. No por el presidente del ente en cuestión, necesitado de otros que lo ilustraran sobre las consecuencias de su conducción. Ello permitió que aquellos que no participamos de esa gestión, vale decir la absoluta mayoría de los orientales, recién ahora nos enteremos de las crecientes desventuras de Ancap. La empresa de todos, manejada en secreto por algunos. ¿Será que la unidad del Frente, ese valor inapreciable de la cultura partidaria uruguaya, requería mantenernos en la ignorancia?

En cuanto a las repercusiones de este triste episodio, como era esperable, sus consecuencias no autorizan evasiones. Nuestro Presidente que arrancó decidido, prometiendo efectuar las depuraciones que fueran necesarias, terminó por brindar apoyo indirecto a su vice. Le sugirió que no se enojara, pero no hizo más que exhibir su natural ambigüedad. La de siempre. La misma que practica el Frente Amplio, que prefiere el secreto y el cabildeo a la publicidad política. Un requisito indispensable de la democracia. Porque ¿qué son mil millones de dólares frente a la unidad sin fisuras de la fuerza política?

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