Gina Montaner
Gina Montaner

Los matan a mansalva

Glenis Araca no pudo más con el peso de su tristeza infinita. Hace un año la policía chavista mató a tiros a su hijo Daniel en una manifestación estudiantil en la ciudad de Valencia.

Desde entonces, la madre del joven universitario que aspiraba a ser abogado luchó para no anegarse en la pena. Y lo hizo dedicando sus días a exigir justicia por la muerte de su chico y el de otros tantos que bajo el gobierno de Nicolás Maduro han sido ejecutados impunemente.

"Abril es el mes más cruel", escribió T. S. Eliot y para Glenis fue particularmente inhumano. Tal vez por eso se quitó la vida en esta primavera que no acaba de llegar a Venezuela. Al día siguiente de que su hijo cayera por los disparos el 10 de abril de 2017, la mujer apareció desencajada en un video asegurando que su hijo no era ningún "malandro" y que lo habían matado "a mansalva". Era el comienzo de su calvario, luchando con uñas y dientes para que los asesinos de Daniel fueran castigados. Un año después, vencida por una agonía insondable, siguió el camino de los muertos porque se le había hecho imposible vivir en un mundo tan cruel.

Glenis Araca es símbolo de las madres que se atreven a denunciar los atropellos que cometen los gobiernos despóticos que perviven en Latino-américa como un mal que no se puede erradicar. Su lamentable pérdida coincide con la situación desesperada que muchas familias están viviendo en Nicaragua: en las últimas semanas han muerto estudiantes violentamente reprimidos por los esbirros de Daniel Ortega, otro sanguinario gobernante de la misma cuerda que Maduro y Raúl Castro, veterano mentor de discípulos represores que han peregrinado hasta Cuba para besarle el anillo.

Las madres nicaragüenses se atrincheraron junto a los muchachos en la Universidad Autónoma Nacional de Managua, dispuestas a ser escudos humanos y arriesgarse junto a una juventud que exige cambios. Han salido a las calles para gritar, "los muertos no pueden quedar en el olvido", ante la mueca impasible del matrimonio Ortega-Murillo, los Ceaucescu de Centroamérica, a los que no les tiembla el pulso a la hora de mandar oprimir a los opositores.

Las madres venezolanas. Las madres nicaragüenses. Las madres mexicanas que todavía lloran el ataque contra los 43 estudiantes que desaparecieron en 2014: aquellos jóvenes de la escuela Ayotzinapa, en Iguala, que viajaban alegremente en un autobús y se esfumaron para siempre, posiblemente víctimas de políticos corruptos aliados a sicarios del narcotráfico. Hasta el día de hoy el gobierno de Peña Nieto no ha dado explicaciones razonables ni esclarecido un crimen atroz que ha dejado a 43 familias en el limbo de una búsqueda sin salidas. El total desamparo a la merced de un estado fallido y putrefacto de una punta a la otra.

La maternidad activa mecanismos de defensa para proteger a los cachorros. Una mujer no trae hijos al mundo para que otros se los arrebaten en la selva de la vida. Y si le quitan la sangre de su sangre, se revuelve ferozmente como un animal embesti- do en su territorio más sagrado. Las madres venezolanas, las nicaragüenses, las que perdieron a los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, aúllan como lobas heridas.

Glenis Araca se apagó de tanto sollozar en la tierra baldía que hoy es Venezuela. Los matan a mansalva y nadie paga por la muerte de sus hijos.

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