Gina Montaner
Gina Montaner

El Brexit o los abrazos rotos

Lo que una vez parecía imposible hoy es una realidad: el primero de febrero el Reino Unido amaneció desgajado de la Unión Europea (UE).

Ha sido una separación en la que ha habido drama y desencuentros entre quienes nunca imaginaron que este día llegaría y quienes apostaron (y ganaron en un referéndum) a que estarían mejor divorciándose de la UE.

En un divorcio siempre uno sale mejor parado que otro. Al menos así se sienten hoy los euroescépticos que en la consulta de 2016 se impusieron a los votantes que habrían deseado seguir bajo las regulaciones de la UE. Seducidos por un populismo nacionalista y antinmigrante que también recorría los Estados Unidos bajo Donald Trump, la corriente de Make Britain Great Again prendió en el imaginario de muchos. De la mano del hoy primer ministro británico Boris Johnson, tras más de cuatro décadas de membresía el Reino Unido abandona la esfera económica europea. Ha sido un camino por momentos traumático y en víspera de la fecha oficial de la ruptura hubo hasta lágrimas en un Parlamento Europeo donde se enfatizó la tristeza de “ver partir a un país que ha donado su sangre dos veces para liberar a Europa”.

En medio de esta disolución anunciada se produjo otra que también ha sacudido a los británicos, que van de un sobresalto a otro. Tal pareciera que el príncipe Henry y su esposa Meghan Markle se sumaron a la ola de independencia de la UE para poner tierra por medio. La pareja real no se limitaría a quedarse en el cada vez más insular Reino Unido, sino que acabaría cruzando el Atlántico para establecerse en Canadá. Si los compatriotas del hijo menor de Diana y el Príncipe Carlos habían roto las cadenas que para ellos representaba la UE, Harry y su esposa plebeya también se liberaban de la cárcel que para ellos simbolizan los Windsor y los incansables paparazzi que los persiguen día y noche. El suyo ha sido un divorcio dentro de un divorcio. Los duques de Sussex han decidido arriesgarse emprendiendo una nueva vida, lejos de los privilegios de la existencia en palacio. Asimismo, la sociedad británica ha elegido un azaroso camino que la aparta de una comunidad económica y política que se creó después de la Segunda Guerra Mundial. Por lo pronto, no son pocos los británicos que buscan obtener un pasaporte irlandés para garantizar la permanencia en la UE; y en Escocia recobra fuerza el sentimiento independentista como otro modo de insertarse en el bloque europeo. A fin de cuentas, en el referéndum de 2016 la mayoría de los escoceses se opuso al Brexit y ahora se sienten atrapados.

Los divorcios son así. Remueven los cimientos de un hogar y la nueva etapa se afronta con sus retos y sus aciertos. Los defensores del Brexit tienen el entusiasmo de quien pone la demanda de separación. En cambio, los nostálgicos del viejo matrimonio con la UE no renuncian a una eventual reconciliación. Son pocas las relaciones que duran toda la vida. Si no, que se lo pregunten a Isabel II, que ha tenido que establecer un período de transición para que su nieto y su pareja suelten amarras. Con su habitual temple, la soberana que más tiempo ha reinado en la monarquía británica pone buena cara a los tiempos inciertos del Brexit real y el Brexit político.

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