Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Visita guiada

La llegada del presidente de Estados Unidos y su familia a Cuba no pareció una visita protocolar sino una restauración. Las imágenes del aterrizaje del Air Force One, las quince limusinas que transportaban a parte de su comitiva, cercana a las ochocientas personas, pero también su alojamiento en la antigua residencia de los embajadores estadounidenses, tuvieron una puesta en escena de ribetes imperiales. Quizás aún cueste verlo en toda su dimensión pero a la luz de lo ocurrido, es probable que esta vez se aceleren finalmente los cambios.

La llegada del presidente de Estados Unidos y su familia a Cuba no pareció una visita protocolar sino una restauración. Las imágenes del aterrizaje del Air Force One, las quince limusinas que transportaban a parte de su comitiva, cercana a las ochocientas personas, pero también su alojamiento en la antigua residencia de los embajadores estadounidenses, tuvieron una puesta en escena de ribetes imperiales. Quizás aún cueste verlo en toda su dimensión pero a la luz de lo ocurrido, es probable que esta vez se aceleren finalmente los cambios.

No se trata tan solo de la primera visita de un presidente de Estados Unidos a Cuba después de la Guerra Fría, sino de que, con el pretexto de su visita, el heredero de Fidel Castro tuvo que poner cara frente a la prensa internacional y en su propio reino insular, a temas que el mundo ya no tolera: la falta de libertades civiles, la represión a los disidentes y a sus familiares, la existencia de presos políticos, sin más motivo que la de expresar pública y pacíficamente sus puntos de vista.

“¿Qué presos políticos?” La respuesta de Raúl Castro sorprendió al periodista pero alcanzó para ponerlo a la defensiva. Para los Castro, como para los Videla y los Pinochet, los presos políticos no son más que reos comunes, sometidos a proceso judicial por atentar contra la patria. Es que en Cuba (como antes en las dictaduras sudamericanas o en cualquier régimen basado en la represión y el terrorismo de Estado) lo que la comunidad internacional reconoce como derechos, es considerado delito.

“No se pueden politizar los derechos humanos”. ¿No era eso lo que decían los tiranos tercermundistas, cuando se les exigía respeto por los derechos de los opositores? Castro repitió una a una las parrafadas de los sectores autoritarios del continente, salvo porque esta vez no acusó a Amnistía Internacional de trabajar para el imperialis-mo, como sus antepasados golpistas de los 70 le reprochaban su funcionalidad prosoviética.

La visita de Obama permitió ver las ruinas de un régimen decrépito y marcó una agenda de apertura, a la que solo le faltó una señal de Estados Unidos de que consi-dera retirarse algún día de Guantánamo, un enclave imperial inadmisible en territorio cubano.

Muchos anticastristas le reprocharon a Obama haber legitimado con su presencia un régimen que, al decir del expresidente Mujica, se cae a pedazos. En rigor, quienes se favorecieron con la legitimación internacional y aún doméstica fueron los grupos opositores y los representantes de la sociedad civil (verdaderos forúnculos para los jerarcas de un sistema totalitario) recibidos por el presidente de los Estados Unidos como interlocutores válidos del pueblo cubano.

Nada de esto asegura la transición pacífica y rápida hacia una sociedad democrática. Tampoco el fin del embargo ni la llegada de comerciantes e inversores provenientes del antiguo enemigo capitalista. Pero lo ocurrido en estos días en La Habana no fue meramente protocolar. Alcanzaba con ver el semblante de ambos presidentes. Para el pueblo cubano, encontrarse con un presidente de aspecto juvenil, sonriente y mulato, que aparece en público acompañado de su familia, es una verdadera revolución.

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