Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Vigilantes

La aparición de un convencional de Cabildo Abierto con pasado neonazi ha devuelto la atención del sistema político y la ciudadanía a un asunto difícil de aceptar.

Embelesados con nuestra alta calidad democrática y talante moderado, solemos olvidar que formamos parte del mundo y estamos expuestos, como cualquier otra comunidad, a las modas y vaivenes ideológicos de nuestro tiempo.

Este es el segundo caso de simpatizantes neonazis que afecta al partido liderado por Guido Manini Ríos y las dos veces su reacción fue rápida y contundente, en rechazo de tales extremos. No tenemos por qué dudar de sus palabras. Otra cosa son sus ideas, que por alguna razón que analizaremos, parecen encontrar eco en algunos extremistas.

El resurgimiento de partidos y líderes de ideología nacionalista es el resultado de un proceso largo y complejo, en el que se destacan al menos un par de componentes. Uno es el sentimiento de que la globalización ha derrotado a las naciones, y por lo tanto a la soberanía nacional. Como reacción, se promueve una ideología que apenas si puede ocultar, a poco que comienza a expresarse sobre temas concretos, su rechazo a los extranjeros y su preferencia por “lo nacional”, ya sean ideas, próceres, etnias, costumbres o expresiones culturales.

En efecto, la globalización es un proceso que está fuera del control de los gobiernos, incluso de los grandes bloques comerciales, y sus resultados lucen al menos ambiguos. Por un lado, ha hecho crecer de manera exponencial la disposición de bienes y servicios, aun para las poblaciones más pobres; por otro, y sumado al impacto de las nuevas tecnologías sobre la producción, está sembrando de migrantes medio planeta, impactando sobre la percepción de inseguridad, física y laboral.

La globalización y la ideología nacionalista son dos fuerzas destinadas al conflicto, y solo la presencia de actores sociales capaces de reflexionar, desde concepciones liberales y progresistas, sobre su gobernanza, podrá brindar alternativas que maximicen sus beneficios y mitiguen sus externalidades negativas. Las ideologías nacionalistas apelan a sentimientos básicos, a la reacción epidérmica frente a fenómenos complejos, y por eso mismo, suelen terminar en el aislacionismo y la xenofobia.

Así aparecen antiguallas como la sospecha de que los inmigrantes le quitan el trabajo a los nativos o que el socialista Vivián Trías puede rescatarse por su sentido “nacional”, dicho por Guillermo Domenech, el mismo que en la década del 80 promovía el comercio con la Sudáfrica racista del apartheid, mientras que las Naciones Unidas, liderada por las potencias democráticas, intentaba bloquearlo.

Nada de lo expuesto convierte a Cabildo Abierto en otra cosa que en un partido de la extrema derecha uruguaya, de ideología nacionalista y ademanes conservadores, pero no puede negarse que esa combinación de ideas y sentimientos ha alentado a ultranacionalistas y neonazis a salir de sus madrigueras. Es nuestro deber estar atentos a este tipo de expresiones políticas. No para privarlas de su derecho a existir ni mucho menos para estigmatizarlas sin fundamento. Sí, para que sepan quienes puedan estar anidando ideas trasnochadas y autoritarias, que volveremos a derrotarlos.

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