Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

A los tortazos

Este es un gran país y eso nos permite mirar más alto, soñar con mayores niveles de productividad y desarrollo humano para todos, pero para que eso se convierta en realidad debemos asegurarnos de que transitaremos este año electoral manteniendo a raya a los militantes de la manipulación”.

Volví a repasar el discurso que leí en enero de este año en el acto de Un solo Uruguay inspirado por la más reciente campaña de Presidencia (hay al menos tres en curso) referida al reparto de la torta.

La metáfora guarda relación con la alta figuración de Uruguay en el Índice Gini, que mide la desigualdad en cada país.

“Uruguay está primero en el Índice Gini”, dice la locución (de algún modo hay que llamarla) y explica cómo ahora “somos el país que mejor reparte la torta”. El spot no sería escandaloso si el dato, que es estadísticamente cierto, estuviera planteado en su debido contexto. El problema es que el contexto en el que debió manejar el dato la Presidencia de la República desluciría toda pretensión de atribuirse méritos, y esta no es una campaña informativa, como se alega, sino de la más burda propaganda electoral.

De hecho, Uruguay estaba primero en el Índice Gini con gobiernos colorados y nacionalistas. Lo estaba en el 2002, bajo la presidencia de Jorge Batlle y en plena crisis; también en 1994, a la salida del gobierno “neoliberal” del nacionalista Luis Alberto Lacalle y, si hubiera existido este método de medición un siglo atrás, también habría estado primero o segundo en 1919.

Por respeto a la ciudadanía y a la verdad que Presidencia debió decir, asimismo, que la caída de la desigualdad puede observarse en muchos otros países de la región, al margen de la ideología de sus gobiernos.

Así, Chile vio bajar el Índice Gini en más del 40 por ciento entre 1990 a 2014; Brasil (el país más desigual del continente) logró abatirlo en cerca del 20 por ciento y, con mayor o menor éxito, también tuvieron mejoras países tan diferentes como Colombia, México, Perú y Paraguay.

Es que la economía actual no para de sacar gente de la pobreza en todo el mundo siempre que los gobiernos practiquen políticas serias, estables y en línea con el curso del comercio global. Mientras la frivolidad y la estulticia mantiene a los progres escandalizados con que el 1 por ciento acapare el 80 por ciento de las riquezas, cada vez más personas en todo el mundo tienen acceso a bienes y servicios tales como luz eléctrica, atención sanitaria, telefonía celular e infraestructura en general, lo que está cambiando radicalmente sus vidas.

La campaña presenta además otro componente perverso. No se trata solo de que la Presidencia de la República ande a los tortazos con la verdad sino de que, esta vez, la propaganda oficialista se financia con dineros públicos, por cuanto la pauta en Facebook, a diferencia de la que usufructúa en radio y TV, no se puede descontar de los minutos gratis consagrados en la Ley de Medios. O dicho de otro modo, no solo nos toma por idiotas sino que nos hace pagar por burlarse de nosotros.

A esta altura de los acontecimientos, y a un mes de firmado el pacto contra las “fake news”, cabe preguntarle al presidente Vázquez a qué se refería cuando destacó la importancia de evitar la manipulación.

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