Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

De terror

En toda república debidamente organizada, el Estado tiene el monopolio de la fuerza. Es la única organización a la que se le reconoce legitimidad para privar de su libertad a los ciudadanos y para aplicar la fuerza contra estos para imponer el orden en casos de disturbios, a través de su cuerpo especializado de Policía.

En toda república debidamente organizada, el Estado tiene el monopolio de la fuerza. Es la única organización a la que se le reconoce legitimidad para privar de su libertad a los ciudadanos y para aplicar la fuerza contra estos para imponer el orden en casos de disturbios, a través de su cuerpo especializado de Policía.

En ambos casos, el imperio del Derecho se rige por límites y procedimientos legales, aplicados bajo la tutela de un juez independiente del poder político. La nueva campaña de la Unasev para prevenir accidentes de tránsito ha extendido este monopolio al del terrorismo mediático, pero sin ningún tipo de limitaciones.

Choques espectaculares, autos y conductores destrozados, cuerpos de motociclistas desparramados sobre el asfalto, son algunas de las imágenes con las que este organismo estatal pretende corregir nuestras imprudencias. Como el fin parece noble, algunos justifican su utilización, pero a poco que se mire más allá de lo obvio, se encontrará que la campaña constituye una forma abusiva, ilegítima e innecesaria de manipular al soberano.

Los defensores de las campañas que incluyen imágenes sensacionalistas (que calurosamente censurarían en un informativo de televisión) basan su legitimidad en su presunta efectividad.

La ecuación podría resultar razonable, por cuanto la preservación de la vida humana es un deber superior al respeto del buen gusto y el decoro.

Nada que no conozcamos desde que a Tabaré Vázquez se le ocurrió incluir en las cajillas de cigarrillos fotos de ratas muertas y pacientes oncológicos terminales, con idéntico argumento.

Sin embargo, nunca se demostró que no hubiera otra forma de bajar la siniestralidad y las conductas perniciosas que no fuera apelando al terror y la repugnancia. Las cifras de la propia Unasev muestran todo lo contrario.

La utilización del miedo para disciplinar a la gente es una herramienta muy antigua, tradicionalmente vinculada a órdenes sociales tiránicos o concepciones ultramontanas. El miedo es un atajo a la explicación, por lo que anula la razón y la comprensión lógica. Puede inducir conductas pero no desarrollar la virtud social, puesto que en el proceso se pierde la interiorización y la aceptación voluntaria de la acción virtuosa.

Decía Aristóteles que la virtud es un medio entre dos vicios. En su “Ética a Nicomaco”, el filósofo consideraba al “miedo” no como el resultado de un cálculo sino de una consideración prudente de cualquier asunto. Para Aristóteles, “la cualidad depende de nuestra voluntad” y ésta debe regularse por la razón, “en la forma en que la regularía el verdadero sabio”.

Entre el vicio de la temeridad al conducir y el del autómata aterrorizado que frena en cada esquina para evitar un accidente, el Estado debería optar por promover campañas que despierten la prudencia, la autoprotección y la de los semejantes, junto a la conciencia de que existe una justa sanción para quien cause daños a terceros.

El Estado debe practicar siempre con el ejemplo, por lo que no se le puede aceptar que utilice métodos de propaganda que serían unánimemente reprobados si fueran utilizados por particulares.

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