Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Susceptibles

El mundo es redondo y, en ciertas ocasiones, su circunferencia se recorre más rápidamente de lo que se cree. Los debates sobre temas "de género" han visto a varios actores relevantes de la sociedad uruguaya, cambiar de rol en menos de una semana.

Hace una semana nos referíamos a la decisión de la ministra de Turismo, Liliam Kechichian, de retirar el interés turístico a un encuentro de evangélicos del continente, por considerar que se violaba la neutralidad del Estado y la igualdad de todas las personas ante la ley.

En esa ocasión, la ministra había utilizado su poder en beneficio de organizaciones del colectivo feminista y Lgbti, privándole a cultos evangélicos del legítimo derecho a que su encuentro se beneficie del reconocimiento de interés turístico.

Pocos días después, el colectivo Lgbti y las organizaciones feministas (entre otros actores sociales) realizaron una marcha por el Día de la Diversidad, en la que Pablo Cabrera, director de ASSE, lució un disfraz similar al que utiliza el Papa y otras jerarquías de la Iglesia católica. Cabrera pretendía expresar de ese modo su juicio, francamente negativo, sobre el rol de la Iglesia en temas de género.

En ambos casos, los agraviados pretendieron hacer que su susceptibilidad fuera argumento suficiente como para silenciar opiniones que contravinieran sus puntos de vista, negándose a aceptar que la crítica, aun expresada sin respeto, es un componente esencial de la democracia.

Si la coartada terminara triunfando, estaríamos ante la abolición de las garantías constitucionales que protegen y privilegian la libertad de expresar lo que se piensa por sobre el potencial ofensivo de lo expresado. Hasta ahora, el asunto no ha llegado a manos de los magistrados (en el caso del ministerio de Turismo lo sugerimos sin éxito alguno y en el del disfraz, es probable que tampoco se llegue a tanto) pero no habría que descartar ese escenario en el futuro.

En tal caso, es de esperar que la Justicia reconozca lo que tanto la jurisprudencia como la academia parecen aceptar de manera unánime: la preeminencia de la crítica social por sobre la sensibilidad, siempre tan caprichosa.

Pero el cambio de roles en el juego "víctima-victimario" en tan pocos días revela hasta qué punto buena parte de las personas y organiza-ciones no aceptan el predominio de la ley y sus garantías generalistas, por sobre las pataletas particularistas, cuando no son ellos mismos los aludidos.

Tal vez lo más preocupante de esta semana de susceptibilidades cruzadas sea la falta de figuras e instituciones expresándose claramente en defensa de la tolerancia y el respeto, dos valores que a veces parecen antagónicos pero que deben coexistir armónicamente.

La tolerancia supone aceptar que otros expresen puntos de vistas enfrentados a los nuestros aun en términos que puedan parecernos agraviantes. El respeto supone renunciar a agraviar en el marco de la exposición de nuestros puntos de vista, sobre todo en temas sensibles como las preferencias religiosas o sexuales.

Si no es por convicción, que sea al menos por conveniencia. Después de todo, el mundo es redondo y, en ciertas ocasiones, su circunferencia se recorre más rápidamente de lo que se cree.

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