Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Son así

Un día fue un baile para menores en el que se regalaba refresco a las chicas que vistieran calzas. Otro día fue un organizador de milongas, que tras discriminar a una pareja de mujeres, debió pasar por un taller de reeducación.

Después llegaron los concursos literarios que regalaban puntos a los participantes que incluyeran temas de género y más adelante la represalia contra el dueño de una casa de comidas que hizo una broma sobre mexicanos en su cartel promocional.

Más recientemente tuvimos el retiro del interés turístico dispuesto por el Ministerio respecto a un congreso evangélico, pero la lista se está haciendo larga y da escalofríos. Por ahora, la cierra la decisión del Mides de condenar el afiche de la Fiesta de la Patria Gaucha por su presunto contenido racista. No hay errores; no hay excesos. Simplemente, son así; llevan el control social y la represión en el ADN.

¿Quién le dijo a las autoridades del Mides que tienen la facultad de interpretar y eventualmente condenar obras de arte? ¿En qué norma jurídica se le encomienda tal tarea? Y más que eso, ¿cómo pueden alentar semejante pretensión?

Estamos ante una concepción totalitaria de la política que se extiende, como no podría ser de otra manera, al manejo de la cosa pública. Una concepción antagónica con el régimen democrático, basada en la extensión del control estatal sobre las manifestaciones de la sensibilidad popular y no en una amplia tolerancia en materia de expresión del pensamiento y la excepcionalidad de las restricciones, luego de ser debidamente legisladas y aplicadas por autoridades competentes.

El ukase resulta doblemente indignante porque no solo viola la Constitución, las leyes nacionales y los tratados internacionales, sino que lo hace tomando como pretexto la lucha contra el racismo. Como si los represores no tuvieran siempre una coartada para sus zarpazos.

Lo peor de todo no es la conducta autoritaria de algunos miembros del gobierno sino la impunidad con la que proceden, ante la ausencia de superiores que lo adviertan e impidan, y de una oposición que, pretendiendo ganar las próximas elecciones, renuncia a dar las batallas culturales fundamentales.

Si la sociedad uruguaya va a aceptar que un conjunto de burócratas establezca de qué manera debemos interpretar las obras de arte, da lo mismo que sea en nombre del socialismo o del antirracismo. Antes se hizo en el del pachequismo, las buenas costumbres o la lucha contra las "ideologías foráneas". Da lo mismo porque, así las cosas, estamos ante el fin del Estado de Derecho.

Si bien hay organismos ante los cuales recurrir estas decisiones arbitrarias, la sociedad uruguaya tiene en la Institución de Derechos Humanos un resguardo de las libertades públicas que, hasta ahora, ha funcionado bastante eficazmente. Si bien su reacción frente a la demanda de los evangélicos censurados por el Ministerio de Turismo se ha demorado más de lo prudencial, la ecuanimidad y compromiso de la mayoría de sus integrantes permite alentar esperanzas.

La censura a un afiche por parte de las jerarquías de un ministerio es un hecho gravísimo, aun tratándose de la última perla de un largo collar de acciones inspiradas en una ideología totalitaria.

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