Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Sacarlos

La ciudadanía parece dividida entre quienes quieren, con diverso grado de entusiasmo, que el Frente Amplio continúe en el poder, y quienes alientan la esperanza de que se vaya. De sacarlos.

La expresión más común que nos plantean en la calle es “¿los sacamos, no?”.

La respuesta parecería obvia pero no lo es. No porque no haya evidencia de que el Frente no está en condiciones de seguir gobernando. No lo está tanto porque no puede resolver los graves problemas que ha creado (en algunos casos ni siquiera los reconoce) sino porque va camino a una conformación interna que acentuará su radicalización ideológica y su aislamiento.

Es por eso que en su comando de campaña alientan la fantasía de reeditar la mayoría absoluta (ninguna de las encuestas disponibles permite alentar tal esperanza) lo que los acercaría al triunfo en el balotaje, tanto matemática como políticamente.

Está claro que una votación del oficialismo en el entorno del 40 por ciento (como marcaría una lectura sensata de las mediciones de intención de voto) lo dejaría muy lejos de un triunfo en noviembre.

Lo que es peor, estarían obligados a explicar cómo piensan acordar, al mismo tiempo, con su sector hegemónico (Partido Comunista y el MPP-609) envalentonado y partidos que se encuentran en el centro del espectro político.

“Los sacamos” expresa el hastío de una holgada mayoría de la población pero también exhibe las debilidades de la oferta opositora. ¿Sacarlos para qué, o mejor dicho, para hacer qué y para poner qué? Varias preguntas en una sola.

Los problemas de la coyuntura económica y de seguridad han opacado la necesidad de debatir (entre las fuerzas democráticas, tanto de la oposición como del oficialismo) sobre la necesidad de restablecer el sentido laico, no dogmatizante, de la gestión de gobierno, especialmente en áreas sensibles como la publicidad oficial, la educación, la cultura y el arte, y en general, todas las áreas en las que la ideología del sector mayoritario debe dejar paso a la libertad de conciencia.

Es revelador cómo, una vez más, los discursos de campaña de todos los partidos políticos ignoraron o llevaron a un segundo plano, cuestiones delicadas como el manejo de los medios de comunicación públicos o los contenidos educativos y culturales que se promocionarán con el dinero (y sobre la libertad de conciencia) de toda la comunidad.

Ignorar que se trata de un asunto de la mayor urgencia e importancia, podría hacer que “sacarlos” o “ponerlos” sea tan solo un cambio de figuritas sin mayor trascendencia.

Sacar del poder a un partido con tentaciones hegemonizantes, que ha perdido todo impulso transformador y todo sentido de la decencia (arrojémosle al rostro una vez más que despidieron con una ovación a un diputado que renunciaba acorralado por denuncias de corrupción) es solo la mitad de la solución.

Para que el cambio sea fructífero es imprescindible construir una alternativa política basada en principios e ideas compartidas por la amplia mayoría del país, como la igualdad de oportunidades, el espíritu republicano, la decencia y la libertad.

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