Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

¿De qué se ríe?

El día que el Parlamento uruguayo obligó por ley a los candidatos presidenciales a debatir en televisión, no tomó una decisión neutra.

El resultado del debate entre Daniel Martínez y Luis Lacalle fue una demostración palmaria de la arbitrariedad y sesgo comunicacional que impone la nueva norma.

Participar de un debate supone asumir dos asuntos previos de la mayor importancia: uno está referido al personaje y otro al lenguaje. En un debate de a dos, la definición de personaje tiene que ver con el juego de roles que deriva de las necesidades electorales. No es lo mismo que el debatiente juegue con las encuestas a su favor que si está obligado a descontar una diferencia en su contra.

Desde el comienzo del debate pareció claro que el candidato oficialista Martínez era el retador, es decir, aquel que debía revertir una situación desfavorable, puesto que tiene un escenario de segunda vuelta extremadamente comprometido. Pero la decisión de salir a buscar a su rival lo expuso a consecuencias que no previó.

La primera es que sus golpes no causaron demasiado daño. La segunda es que si Martínez quería demostrar que la larga lista de ideas de su equipo de expertos es lo que necesita el país, debió asumir que las cosas no están tan bien.

No se puede anclar el discurso en todo lo bueno que han hecho los sucesivos gobiernos del Frente Amplio y despacharse luego con una andanada de cambios y soluciones para problemas, presuntamente, inexistentes.

Bastó con que Lacalle exhibiera los malos resultados de la administración Vázquez para que la jugada perdiera efecto. En un escenario discursivo tan limitado como el de un debate televisivo, las inconsistencias se pagan.

En materia de lenguaje, la desventaja inicial del candidato oficialista no podía ser mayor, salvo por los errores en los que cayó.

Lo primero que debía saber es que, en televisión, el lenguaje audiovisual tiende a devorarse al lenguaje abstracto. Cuestiones tales como la vestimenta (el traje oscuro envejece aún más al más viejo, como sabemos desde 1960, luego de Nixon vs. Kennedy) los accesorios (¡esos lentes, Daniel!), la gesticulación la dicción y el vocabulario, le ganan la batalla a las ideas por goleada. Estos elementos del lenguaje audiovisual son tanto más predominantes cuanto menor es el nivel educativo del público al que se busca convencer.

El aplomo, seriedad y contundencia que mostró Lacalle Pou, son el tipo de atributos que buscan las personas alejadas de la política (que permanecen indecisas a menos de un menos de las elecciones y que no responden a estímulos ideológicos o abstractos) de un candidato a la Presidencia. Martínez no pudo superar su tendencia a la risa y la gestualidad asintomáticas, lo que dejó la imagen de un candidato nervioso, o al menos, demasiado ansioso. En este plano, la diferencia fue abrumadora.

Algunos lectores preferirán un debate de ideas y propuestas sobre los temas cruciales del próximo gobierno. Para eso, todos los candidatos a la Presidencia cruzan guantes en conferencias organizadas por cámaras empresariales e instituciones sociales. Los debates televisivos son para otra cosa, y por arbitrario que parezca, obligatorios por decisión del Parlamento en la segunda vuelta.

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