Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

¡Restitúyase!

Digámoslo sin rodeos: lo que se está jugando en Venezuela es la penúltima batalla entre la democracia y la revolución. No es la lucha entre la izquierda y la derecha, los socialistas y los liberales, los conservadores y los progresistas, típica de la vida en democracia.

Contrariamente a lo que muchas personas creen, lo que define a un sistema democrático no son las elecciones libres sino el pacto político, expresado en la Constitución y las leyes, por el cual nos reconocemos como personas cuyos derechos deben ser íntegramente respetados, independientemente de que nos toque estar entre los oficialistas o los opositores.

Eso incluye el derecho a no ser molestados a causa de nuestras ideas, a ser respetados en nuestra integridad física, moral y patrimonial, y en términos generales, a expresarnos, organizarnos, y a conquistar y ejercer el poder en idénticos términos a los que reconocemos para nuestros adversarios. La democracia es un mecanismo para la resolución pacífica y consensuada de las diferencias políticas que deriva del Estado de Derecho, un sistema de garantías basados en la ley.

Una revolución es lo contrario. Consiste básicamente en violar estos derechos todas las veces que a los gobernantes se les ocurra por las razones que, llegado el momento, se les ocurra. La revolución es la antítesis del Estado de Derecho.

Cuando el presidente Chávez proclamó la revolución contaba con el apoyo de la mayoría de la población venezolana pero era fácil entender que su compromiso con la democracia era circunstancial. En definitiva, una revolución democrática no es más que un oxímoron para cazar ingenuos. La recordada escena en la que Chávez se paseaba por las calles de Caracas acompañado de un grupo de alcahuetes gritando "exprópiese" y señalando inmuebles con el dedo, no hacía más que expresar de una manera cabal en qué consiste una revolución.

Esos momentos de éxtasis comunista caracterizan la inspiración patético-enfática, al decir de Antonio Escohotado, de la praxis revolucionaria, en la medida que unen lo ridículo con lo trágico, pasándose por alto los detalles formales para lograr la aprobación de las masas.

Pero el espíritu democrático del chavismo era una fachada. Alcanzaría con que la oposición obtuviera sus primeros resultados electorales positivos para que se comenzara a vaciar de contenido el ejercicio democrático de las instituciones o a atropellar a los disidentes, con la violencia criminal de todo buen revolucionario.

La deriva represiva y genocida de Nicolás Maduro no es más que la evolución del orden construido por Chávez, tanto como el genocidio desatado por Stalin fue la conclusión natural de la doctrina y la praxis de Lenin.

No hubo errores; no hubo excesos. Así como la democracia y el Estado de Derecho son siempre perfectibles, la revolución es siempre criminal: a medida que las arbitrariedades avanzan, la gente comienza a resistir, quedando expuestas a la represión, las torturas, la discriminación y todo tipo de arbitrariedades, o a escaparse.

Llegado el momento, tanto las personas como los gobiernos deben elegir si están con la democracia o con la revolución. En el caso de Venezuela, hace tiempo que ese momento llegó.

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