Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

En la red

No está claro si la foto del senador de León con la botella de whisky es auténtica o si fue adulterada para perjudicarlo.

Hubiera alcanzado con que el implicado pusiera la foto original a disposición de la sede penal, donde sustanció una denuncia por difamación contra un grupo de personas, para terminar con esta polémica, pero eso nunca ocurrió. A esta altura, poco importa.

Las redes sociales se han instalado en el centro de la escena pública y de la peor manera. El intendente de Canelones, Yamandú Orsi, advertía en Informativo Carve días atrás sobre los extremos a los que puede llegar la próxima campaña electoral si el panorama de acusaciones cruzadas, medias verdades, mentiras redomadas e imágenes sacadas de contexto sigue proliferando en las redes, con el apoyo entusiasta de algunos actores políticos. Incluyendo legisladores y otros servidores públicos.

Parece extenderse la idea de que en las redes sociales se puede hacer cosas que la ética nos inhibiría en cualquier otro ámbito. El "empoderamiento" del ciudadano común, que debería celebrarse en cualquier caso, se está convirtiendo en una doble tiranía.

Por un lado, está instalando en el centro del escenario mediático, un discurso bastardo. Sin criterios de veracidad, balance, temporalidad, contexto ni deco- ro, cualquier cosa puede ser difundida y replicada, con la sola limitación de que se corresponda con los intereses, gustos o fobias del emisor.

Así concebidas, las redes sociales no reproducen el ágora pública, espacio en el que todas las voces pueden tener un lugar por exóticas o marginales que sean, sino el cotilleo vecinal, la murmuración hecha en voz alta (a veces incluso desde el anonimato del que vocea en una feria) contra todo aquello que se mueva. Especialmente si se mueve en nuestra contra.

Por otro lado, este ambiente despiadado está arrastrando a las elites, especialmente a la política y a la periodística, hacia el fan- go de la manipulación propagandística. Fotos, videos, estadísticas, sentencias, informes parlamentarios, dichos y susodichos, todo puede ser utilizado para construir una invectiva, guarde o no una relación proporcionada con la verdad (especialmente con la verdad del otro), ni siquie-ra con su debido contex- to. Un estilo de manipulación y de falta de rigor intelectual que, fuera de las redes, espantaría a propios y extraños.

Nadie que frecuente Facebook o Twitter debería tirar la primera piedra porque todos (o casi todos) hemos sucumbido a esa perversa fascinación de pretender que tenemos a nuestro adversario al borde del knock out con solo un golpe de tuit. La sensación es ilusoria y, tratándose de gente de bien, se vuelve en contra como un búmeran.

La responsabilidad de un diputado, un funcionario público, un académico o un periodista siempre será mayor que la de los que encuentran en las redes el único espacio para hacer oír su voz a quienes, teniendo la obligación de escucharlos, no lo hacen. Pero calma, que quizás todavía falte lo peor. Se viene un año electoral y esto recién comienza.

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