Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Éramos pocos...

El cese del comandante del Ejército, Guido Manini Ríos, era cuestión de tiempo. El lunes pasado, cuando el presidente de la República decidió finalmente apartarlo de su cargo, era además inevitable.

Manini le había transmitido a Vázquez unos conceptos sobre la actuación del Poder Judicial y el sistema de Justicia en los casos que involucraron a militares, tan desmesurados como inaceptables. Si alguien duda sobre la conveniencia de la decisión presidencial, debería imaginarse la hipótesis inversa; esto es, que Vázquez, enterado de las diatribas con las que Manini y presuntamente también varios de sus subordinados se refieren al sistema de Justicia, lo mantuviera en su cargo como si nada pasara.

¿Qué hubiera pasado si el contenido de esos documentos llegaba a conocimiento del Poder Judicial o de la ciudadanía, sin que el Presidente de la República hubiera reaccionado?

Nótese que el planteo que le costó el puesto a Manini no es, como parece, de naturaleza jurídica. Tampoco tiene que ver principalmente con derechos y garantías vulneradas. El tema es claramente político. El cese no fue ocasionado por unas exégesis jurídicas contrarias a las sentencias y decisiones de jueces y fiscales. Estas, en todo caso, fueron trasmitidas por el comandante a su superior, como debe ser. Pero un militar de la trayectoria de Manini Ríos no puede ignorar que los términos en los que expresó sus diferencias con la Justicia, eran insostenibles.

Por ejemplo, cuando dijo que la Justicia Uruguaya trató a los militares como enemigos y los consideró culpables “aún antes de ser juzgados”, condenándolos en base a “convicciones inadmisibles, sin pruebas fehacientes y en muchos casos fraguadas o inventadas”.

Como se ve, el comentario excede el análisis de algunos casos para constituir una acusación gravísima contra los oficiales de Justicia. No es que carezca enteramente de razón (hay casos, como el del general Miguel Dalmao, sobre los que algún día habría que ponerse a investigar); es que no supo defender sus razones sin salirse de los límites que le imponía su alto cargo.

Su mensaje de despedida hace pensar, por su tono y contenido, en un tipo de líder castrense que, tras la muerte de Hugo Chávez, creíamos desterrados de América Latina.

No se trata solo de su tono marcial y paternalista sino también de ciertos rasgos de grandilocuencia delirante. En su video de despedida, uniformado y delante de los pabellones patrios, Manini dijo haber tratado de sacar adelante a nuestro Ejército enfrentando “las falsedades de burócratas… enceguecidos en su soberbia o atrapados en sus prejuicios ideológicos” y la acción de “aquellos que lucran con la confrontación, convertidos en peones bien pagos de los centros de poder mundial”.

El discurso tiene un gusto rancio y conspiranoico, y un contenido que excede en mucho lo que deberíamos esperar de una despedida de un comandante a sus subordinados. El problema con Manini Ríos en todo este tiempo, es que siempre dejaba la sensación de que estaba confundiendo su rol de comandante del Ejército con el de un caudillo militar, o lo estaba cultivando deliberadamente, a vista y paciencia de todos nosotros. El final era inevitable y, probablemente, también era buscado.

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