Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Perdidos

La campaña electoral comenzó a tomar un rumbo peligroso.

Con el Frente Amplio derrotado (“¿quién dijo que todo está perdido?”, parafraseó su candidata a vice, en un acto fallido de antología) queda saber si los voceros del oficialismo con su ejército de bots, sus tuiteros rabiosos y sus periodistas cómplices, van a terminar de dinamitar los puentes que mantienen a Daniel Martínez en diálogo con el resto del sistema político, o si en algún momento aceptarán lo inevitable.

La manera cómo se resuelva esta incógnita dirá hasta qué punto la implosión del Frente Amplio dejará de un lado a los moderados y de otro a los maduristas. Esto es, si los dirigentes razonables y los sectores integrados por gente respetuosa de la ley y del prójimo van a mantenerse al margen de la campaña de escraches o si la desesperación compartida los hará naufragar hacia esos fangos, junto a los sectores mayoritarios y dogmáticos.

Lo que está en juego no es solo el clima interno del otrora monolítico Frente Amplio, sino también la convivencia cívica y la capacidad del sistema político de rescatar, por encima de cualquier contingencia electoral, la capacidad de respetarse y dialogar.

En este sentido, las señales son pésimas. El candidato Daniel Martínez sigue sin poder hacer pie y desperdicia cada oportunidad que tiene de marcar que, más allá de la risa permanente y el “vamo’ arriba”, es capaz de articular una propuesta seria, coherente o al menos inteligible. O quizás se aplique en este caso aquel verso de Serrat: “no esperes mañana lo que no te dio ayer; que no hay nada que hacer”.

Nadie pide a los dirigentes oficialistas que no luchen hasta el final a pesar de la acumulación de datos desfavorables (les puedo asegurar que sé de lo que hablo) pero sí que entiendan que más allá del resultado electoral, hay vida. Hay, incluso, un país que sacar adelante, ya sea que les toque estar en el gobierno nuevamente o en la oposición.

La prueba más evidente de que se sienten derrotados es que no tienen ni manifiestan la menor preocupación por explicarle a la ciudadanía con quién van a gobernar, en el caso hipotético y remoto de que puedan ganar una segunda vuelta sin alcanzar en la primera el 40 por ciento de los votos. En este sentido, un psicólogo podría hacerse una fiesta y develar muchas cosas (“¿quién dijo que todo está perdido?”), allí donde los politólogos pueden tener alguna duda.

Lo que debemos pedirles a todos los actores políticos es que, en su camino a la victoria o la derrota, tengan sentido del límite, de lo que jamás se debe hacer, de lo que está mal y debería evitarse.

La muchachada frenteamplista se asoma peligrosamente al precipicio, si no es que algunos de sus personeros ya se han arrojado. Deberían evitarlo, tanto por ellos (la mayoría de sus votantes no merecen verlos caer tan bajo) como por todos nosotros, que formamos parte de una comunidad nacional, cualquiera sea el partido al que votemos.

El pacto contra las noticias falsas, que pomposamente firmaron los precandidatos a la Presidencia de la República, fue violado de manera oblicua y con alevosía.

Mantengamos al menos el decoro y concentrémonos todos en las propuestas y el debate de ideas. No es mucho pedir.

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