Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Los nuevos bárbaros

Muchas personas bien intencionadas creen encontrar en el terrorismo yihadista, como el que sembró la muerte y el caos en Barcelona la semana pasada, un sentido político vinculado a guerras que podemos entender.

Muchas personas bien intencionadas creen encontrar en el terrorismo yihadista, como el que sembró la muerte y el caos en Barcelona la semana pasada, un sentido político vinculado a guerras que podemos entender.

Los bombardeos de la OTAN sobre países árabes, enfrentamientos entre Occidente y el mundo de mayoría musulmana, serían las causas de un odio irracional pero comprensible, que termina un día matando personas de treinta y cuatro países, incluyendo a una uruguaya que se salvó por cinco metros. Esto sería una retaliación criminal pero comprensible.

Lamentablemente, esta línea de pensamiento no cierra con la realidad: Bélgica no tiene nada que ver con los bombardeos en Siria y los habitantes de Bruselas, que conviven con miles de musulmanes cada día, fueron víctimas de un atentado hace poco más de un año. Mucho menos explicaría los apuñalamientos en Finlandia, realizados a pocas horas de los que conmovieron a Barcelona.

Más disparatada aún es la referencia a una suerte de reconquista de Al Andalús, co-mo si la invasión árabe del año 711 que culminó con la rendición del rey visigodo Rodrigo y la posterior islamización de la península ibérica se hubiera hecho entre risas.

Estamos asistiendo a una expresión fundamentalista y bárbara del islam que, así como matan occidentales, matan musulmanes. Lo que se ve en Siria y en Irak es una carnicería en la que se enfrentan, principalmente, musulmanes contra musulmanes, una tarea a la que se encomendaron apenas fallecido Mahoma hace más de mil 1300 años.

Los terroristas que atacaron en España no discriminaron por raza, sexo, edad ni credo. Estos nuevos cruzados, como los de todos los tiempos y causas, suelen despreciar los detalles y las singularidades de las personas, para matar en nombre de una entidad superior, sublime y liberadora.

Lo que odian es la vida que llevamos en Occidente, donde personas de distintos credos (o de ninguno) convivimos en paz. Somos vecinos, compañeros de trabajo, incluso a veces nos enamoramos y casamos sin reparar en origen o creencias, pero ni la ley ni la convivencia establecen diferencias entre seres humanos por razones religiosas ni de ningún tipo. Eso es lo que odian y por eso atacan en los países que atacan. Esa es la única racionalidad, si así puede llamársele a un comportamiento tan primitivo, que hay detrás de todo esto.

Los fundamentalistas odian la libertad y su resultado práctico: los seres humanos libres de creer o no creer en dioses y tribunos. Contra eso pelean y mientras no lo entendamos todos, no tomaremos conciencia de que tendremos que librar una guerra no deseada. Una guerra que Occidente solo podrá ganar si no se traiciona a sí mismo, es decir, si es capaz de repeler la agresión con firmeza y heroísmo, sin caer en el facilismo de los grupos racistas y xenófobos.

Si a los países musulmanes (las tiranías petroleras del Golfo principalmente) de verdad les importara el destino de sus hermanos en la fe, deberían enviar parte de sus enormes riquezas para ayudar a los países europeos, cuyos habitantes se están haciendo cargo de financiar la inmigración multitudinaria, como consecuencia de que sus países de origen no pueden generar prosperidad ni libertad.

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