Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Nuestra Señora

  

El incendio de la catedral de Notre Dame dio lugar a que algunas personas se reencontraran con sus más hondas creencias. No solo las religiosas, teñidas siempre del misterio y la excitación que genera lo trascendente, sino de las creencias implícitas en la civilización de la que formamos parte. Es que Notre Dame es el símbolo de Francia y su destrucción, como pudo comprender hasta el líder de la izquierda ortodoxa francesa, Jean Luis Melenchon, “nos acuchilla el espíritu a todos”.

Las redes sociales, cuando no, fueron el escenario ideal para el despliegue de la estupidez y el altruismo que caracteriza a nuestra especie, y que suele ponerse de manifiesto en toda su dimensión cuando ocurren hechos como este. Para muchas personas dogmáticas, el incendio de una iglesia no es más que eso. Como el culto católico lleva un par de milenios entre nosotros y tuvo momentos de esplendor y mañas imperiales, no faltó quienes aprovecharan la ocasión para dirimir antiguos agravios. La tragedia permitió que emergieran las voces retrógradas, que pretenden congelar la sensibilidad de los afectados en torno a sus caprichosas versiones de la realidad.

Por extraño que parezca tratándose de una basílica erigida bajo la advocación de una mujer llamada María a la que los católicos veneran como santa, el incendio encendió comentarios vindicativos por parte del feminismo radical. Como la mayoría de las basílicas metropolitanas, la de París lleva el nombre de Nótre-Dame (Nuestra Señora), así como en Italia se las conoce como matrices, del latín “mater” y de donde viene “matrona” y “ma-donna”; es decir, “mi señora” y por extensión “nuestra señora”. Las personas de ideas radicales odian siempre detalles argumentales como estos porque es allí donde se esconde la verdad y naufragan sus presunciones.

Tampoco parece muy serio reducir la monumental basílica a sus aspectos puramente religiosos. En su hora, las catedrales eran verdaderas ciudades dentro de las relativamente modestas ciudades medioevales, y recogían todo lo que sus habitantes pensaban y sentían.

Según contaba Martyrius, obispo armenio del Siglo xv, el pórtico de Nótre-Dame de París, con sus tonos de púrpura, rosa, azul, plata y el oro, “resplandecía como la entrada del paraíso”. Desde su construcción, las catedrales eran el compendio de todos los conocimientos medioevales, una suerte de enciclopedia para un público mayoritariamente analfabeto, llena de mensajes y alegorías no sólo cristianas. Y si hoy nos deslumbra aún por su magnificencia, imaginemos qué no podía lograr en los espíritus de los parisinos y europeos del siglo XIV.

Sometida a todo tipo de maltratos por el paso del tiempo, sumado al dogmatismo de propios y extraños, Notre Dame no ha dejado de enseñorearse como símbolo de la civilización de los derechos del hombre y el ciudadano, esto es, de los estados basados en la ley, la democracia y los derechos humanos. Notre Dame es Francia y es también, y por lo tanto, Occidente: una combinación de espiritualidad, ingenio, cooperación y sacrificio que nos alcanza y nos comprende. Pronto volverá a alzar su aguja al cielo, como símbolo del ser humano que, procurando la superación, tiende la mano buscando alcanzar a Dios

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