Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Navidades

Si usted está leyendo esta columna es porque, a pesar de los excesos de ingestas y consumos, hay vida después de Navidad.

Muchas personas miran con desdén estas fiestas, cuando no con verdadero fastidio.

Ese malestar se vuelve particularmente insidioso durante la Navidad, fiesta correspondiente a la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, considerado por sus devotos como el salvador de la humanidad, y se expresa de múltiples maneras.

La más frecuente de todas es pretender subsumir la Navidad en antiguos rituales de la Europa pagana. Si bien existen buenas razones para pensar que las autoridades cristianas, a falta de una partida de nacimiento, buscaron asociar el nacimiento de Jesús con fechas de creencias preexistentes, no se trata de cultos comparables en su configuración teológica y antropológica.

La invocación al solsticio de invierno, que en el hemisferio norte marca el resurgimiento de la luz solar y el alargamiento de los días (con sus consecuencias sobre los ciclos vitales), cuando no se trata de una genuina convicción mística, suena a boutade anticristiana, muy al uso de los tiempos que corren.

Lo mismo las referencias al “Sol Invictus”, un culto creado por el emperador Aureliano como protector de sus ejércitos, durante el Bajo Imperio Romano.

¿Qué sentido tienen estos tópicos en el país más laico del continente, donde Papá Noel ha sustituido casi por completo al niño de Belén en el imaginario colectivo, fuera de los círculos de culto cristiano?

Antes de buscar una respuesta en nosotros, deberíamos mirar la que le dan los enemigos de Occidente; es decir, los enemigos de las libertades individuales y los derechos humanos.

Allí encontraremos dos maneras de desfigurar al cristianismo, con el objetivo de hacer desaparecer sus valores trascendentes. Una se centra en demonizar al culto cristiano como responsable de todas las calamidades de la humanidad, particularmente las que atribularon a los pueblos conquistados, y más recientemente, a las mujeres y personas de diversas orientaciones sexuales. La otra opera en sentido aparentemente inverso y busca rescatarlo, pero sólo como una mera teoría sociológica para la liberación de los pobres y oprimidos. A su manera, ambas funcionan porque encierran una parte de la verdad, pero omiten asuntos medulares de la doctrina cristiana.

Se podrá creer o no en la divinidad del niño de Belén. Incluso se podrá tener una mirada extremadamente crítica sobre las instituciones religiosas que prosperaron en su gloria. Lo que no puede hacerse es desconocer que el cristianismo cumplió un rol fundamental en la larga marcha de la humanidad hacia la libertad, la igualdad, la prosperidad y la solidaridad integral con el prójimo.

De modo que cada uno podrá vivir la Navidad como le venga en gana, y esto incluye la celebración religiosa (cristiana o solar), la festividad familiar, el culto al consumismo o el absoluto desdén hacia tales exteriorizaciones. No parece sensato meterse en casa ajena para banalizar o burlarse de lo que cada quién celebra.

Quienes crean que los problemas del mundo contemporáneo se solucionarán con los tópicos de debate del siglo XIX, se equivoca gravemente; o al menos, como dicen los comentaristas deportivos, no están leyendo bien el partido.

Feliz Navidad para todos.

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