Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Momento crítico

Uno de los mayores obstáculos con los que se enfrenta el Frente Amplio en el “caso Sendic” es que no todos sus dirigentes han aceptado que se trata de una crisis y, como consecuencia de ello, han dado una respuesta errática y contraproducente. Veámoslo en detalle.

Uno de los mayores obstáculos con los que se enfrenta el Frente Amplio en el “caso Sendic” es que no todos sus dirigentes han aceptado que se trata de una crisis y, como consecuencia de ello, han dado una respuesta errática y contraproducente. Veámoslo en detalle.

Una crisis es cualquier evento que amenace el valor de una organización, ya sea patrimonial o reputacional, al punto de afectarlo significativamente. Nada hay más dañino para la reputación de un partido político que la sospecha sobre la idoneidad moral de sus dirigentes o la capacidad de administrar dineros públicos con el debido criterio.

Suele pensarse que una crisis es siempre un evento inesperado o fortuito. No es así. La mayor parte de los equipos de dirección que se han visto enfrentados a situaciones críticas conocían los hechos que las dispararon antes de que estallaran.

Todas las crisis responden a unos patrones de evolución y de comportamientos similares: nadie avisa, no se sabe quién está al frente ni qué hacer o decir, se minimizan las consecuencias y, en caso de que se sus efectos sean inocultables, se procura dar una conclusión rápida, que por lo general no hace más que empeorar las cosas.

El problema es que las organizaciones cuentan con dirigentes cuyas virtudes están orientadas al logro de sus cometidos principales y una crisis requiere un modo de actuación que no puede improvisarse. Las grandes corporaciones (privadas o públicas, comerciales o políticas), cuentan con un plan de crisis desarrollado por profesionales, tal como confían a expertos el diseño de su propaganda o su defensa legal.

Las organizaciones que carecen de capacitación en el manejo de crisis están expuestas a seguir un patrón de comportamiento “natural” y potencialmente destructivo. La negación (“acá no pasa nada”) y la resistencia (minimizar, repartir culpas, lanzar contraataques, etc.) preludian las etapas restaurativas del daño: la exploración (se comienza a pensar en lo que realmente significa la nueva situación) y finalmente la aceptación.

El Frente Amplio atraviesa por todas las fases al mismo tiempo. Mientras su presidente y algunos sectores muestran preocupación y liderazgo (comprenden la gravedad de la situación y actúan en consecuencia), otros creen que no ha de ser para tanto o que puede resultar de utilidad victimizarse y responder golpe con golpe.

Este análisis es apenas un esbozo del problema, pero cualquier otra coordenada que se considere arrojará resultados similares. Y si alguien piensa que el mismo no es de recibo por razones ideológicas, institucionales o coyunturales debería tener en cuenta el ejemplo del presidente ecuatoriano, Lenin Moreno.

Ante las denuncias de corrupción contra su vicepresidente, Jorge Glas, Moreno le quitó sus competencias en cuestión de días, aun sabiendo que no hay una sentencia en firme. “No sé si es culpable, pero el dedo apunta cada vez más hacia usted”, le dijo Moreno. Además, se comprometió a que las autoridades de control “verifiquen el buen uso” de los dineros públicos.

Quien piense que tales decisiones no son adecuadas, debería decirlo y hacerse cargo del daño que emerge, ya no de los hechos que desataron la crisis, sino de su manejo. 

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