Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Majaderos

La Intendencia de Montevideo se ha dejado permear por la prédica de los animalistas radicales, que proponen la ilegalización de un deporte nacional como las jineteadas.

Según los activistas y los jerarcas departamentales, hay que “humanizar la tradición” y “reformular la celebración sin violencia ni maltrato de ningún tipo”. La novedad se dio después de que, en un hecho absolutamente infrecuente, murieran dos caballos durante la Semana Criolla del Prado, que organiza la propia intendencia.

Lo que deberían dilucidar las autoridades públicas es si estamos ante una manifestación cultural que viola los derechos de los animales (y aún de los humanos a no soportar actos crueles) o ante un problema de sensibilidades enfrentadas, donde unos ven un espectáculo repudiable y otros una demostración de destreza y veneración por los equinos.

Este asunto es fundamental porque si la Intendencia de Montevideo piensa limitar el derecho a disfrutar de un espectáculo legal por vía administrativa, estaríamos ante un acto arbitrario y anticonstitucional.

El Intendente de Montevideo, Christian di Candia argumenta en favor de una nueva sensibilidad sobre estos temas. La afirmación del jerarca carece, que sepamos, de toda legitimidad demográfica, por cuanto los montevideanos jamás fueron consultados sobre el tema, a menos que tomemos a las jineteadas como un plebiscito multitudinario de aprobación, y al puñado de manifestantes animalistas como la excepción.

La simple susceptibilidad frente a circunstancias de la vida social no es fuente de derecho. Si así no fuera, alcanzaría con que un grupo de personas alegara sentir dolor (ya sea propio o ajeno; físico o psíquico, humano o animal) como para que operara de inmediato una suerte de censura, liquidando así las libertades y derechos consagrados en la Constitución.

Puesta en perspectiva, la raíz de esta discusión trasciende largamente los límites de la capital y de cultura ecuestre nacional para insertarse en fenómenos civilizatorios del mundo contemporáneo. Occidente está asistiendo a la llegada al mundo de las decisiones colectivas de una generación que parece liderada por majaderos autoritarios, personas incapaces de convivir con la frustración de que sus puntos de vista no sean tomados en cuenta por el resto de la comunidad, presumiendo una superioridad moral no demostrada.

Esta falta de resiliencia, esta majadera intemperancia ante la diversidad presenta la paradoja de tener como voceros a las mismas personas que impulsan, con justa convicción, el valor de la tolerancia y la diversidad en otras áreas de la vida comunitaria.

El problema, en una sociedad compleja y diversa como la nuestra, se agrava ante la falta de coraje de otras autoridades e interesados que no se animan a enfrentar estos berrinches con perspectivas científicas, filosóficas y aún morales alternativas.

Por cierto, hay que proteger a los animales de cualquier tipo de trato cruel inevitable, por ellos y también como por los humanos. Pero más que eso, debemos proteger la convivencia en una sociedad abierta de quienes alientan la vieja aspiración conservadora de convertir la sensibilidad de los que mandan en la doctrina oficial del Estado.

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