Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Luchar en el lodo

El alboroto generado por las referencias de la ministra María Julia Muñoz al senador Lacalle Pou encierra una buena noticia: aún en año electoral, los agravios que se intercambian en el ámbito político serían interpretados como elogios, en cualquier otro país de la región.

Suelo seguir la información política de España a diario, tanto a través de la prensa como de la radio. Cualquiera que haga la prueba verá con qué tipo de adjetivos se refieren unos a otros.

La grieta es un riesgo para cualquier sistema político. Incluso para uno como el uruguayo, que goza de una alta consideración en todo el mundo. Pero las sociedades no se agrietan por la virulencia de una campaña electoral. Para que haya una grieta tiene que haber quienes la caven, y eso suele ser la consecuencia de doctrinas revolucionarias o altamente dogmáticas y excluyentes.

La grieta es el nombre que en Argentina se le da al efecto destructivo del desprecio de los peronistas por sus opositores (“al enemigo ni justicia”, proclamó en su momento Juan Perón) y de sus opositores por el peronismo, que se estrenaron calificando a las masas populares que seguían al general como un “aluvión zoológico”.

La degradación de la convivencia empieza siempre por una ofensa menor. O aparentemente menor. Lo mismo que la corrupción. La medida del deterioro de la convivencia no la da la ofensa sino la falta de respuesta adecuada frente al comienzo de la escalada. Me tocó compartir un programa de televisión con el cantante argentino Coti (creador de éxitos como Color Esperanza y Nada fue un error) al día siguiente que Raúl Sendic anunciara a sus compañeros del Plenario del Frente Amplio la renuncia a la vicepresidencia. Cuando le explicamos las razones por las cuales estaba renunciando un gobernante de tan alta jerarquía (me refiero a su cargo, claro está) no podía salir de su asombro. “En Argentina sería considerado un héroe”, comentó el artista.

No es que los dichos de la ministra de Educación y Cultura (vaya paradoja) sean para festejar. Es que son apenas la expresión de un torpe intento de desacreditar al principal oponente del oficialismo. La medida del problema no es su exabrupto sino la respuesta que cosechó; esto es, el rechazo de todo el arco opositor y el silencio de sus compañeros del oficialismo.

También están las redes sociales, claro. Pero las redes sociales somos nosotros mismos. Al menos algunos de nosotros, que han encontrado en ese ámbito de intercambio de insultos y comentarios mendaces una forma de rescatarse del anonimato y la inanidad.

Muchos actores políticos aseguran que esta será una campaña especialmente virulenta. Quizás tengan razón, pero sería bueno que no sean las mismas personas que, además de advertir sobre estos riesgos, lo gatillen.

Visto por el lado positivo, las expresiones despectivas de la ministra pueden estar marcando el tono de la confrontación. Habrá que ver cuántos de sus conmilitones pretenderán plegarse a la lucha en el lodo y cuántos, por el contrario, intentarán encapsularla. Puesto en valor (como dicen últimamente los cursis) el episodio no es más que una banalidad. Habrá que ver con qué munición sigue la campaña electoral, y sobre todo, cómo reaccionará el electorado ante este tipo de recursos dialécticos.

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