Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

La libertad les gana

Jorge Batlle se murió un día (tarde o temprano tenía que ocurrir), pero no un día cualquiera. Mientras su cerebro apagaba su fulgor, el presidente Tabaré Vázquez negociaba un tratado de libre comercio con China. La neurociencia aún no tiene herramientas para confirmarlo, pero es probable que el cerebro de Batlle, a minutos de cumplir 89 años de intensa vida intelectual, detuviera su actividad con la satisfacción del deber cumplido.

Jorge Batlle se murió un día (tarde o temprano tenía que ocurrir), pero no un día cualquiera. Mientras su cerebro apagaba su fulgor, el presidente Tabaré Vázquez negociaba un tratado de libre comercio con China. La neurociencia aún no tiene herramientas para confirmarlo, pero es probable que el cerebro de Batlle, a minutos de cumplir 89 años de intensa vida intelectual, detuviera su actividad con la satisfacción del deber cumplido.

Cuando el hijo de Luis Batlle Berres comenzó a predicar el credo de la libertad, a comienzos de la década del 60 del siglo pasado, casi todo el país era dirigista y estatista. Particularmente lo era su partido, que había moldeado a su antojo esa jaula de oro a la que los uruguayos llamamos “Estado”, y cuyos barrotes aún lustramos, con un entusiasmo casi aborregado.

“No hay mejor sparring que la adversidad”, sostenía la premier israelí Golda Meir. Buena parte de las ideas económicas y políticas de Jorge Batlle terminaron por moldear al Uruguay, aunque de una manera paradójica.

Cuando sepultó el gobierno colegiado, con la reforma constitucional de 1966, su partido ganó las elecciones pero el presidente no sería él sino Óscar Gestido. Cuando denunció el pacto golpista entre militares y tupamaros, bajo un gobierno colorado, quien terminó preso fue él y a manos de los futuros golpistas. Cuando la dictadura se retiraba, fue dejado a un costado para que creciera la figura de Sanguinetti, quien llevaría al Partido Colorado a la victoria y alcanzaría la Presidencia. Cuando se creyó con derecho a la candidatura por el Batllismo, debió enfrentar al vicepresidente Tarigo, y cuando conquistó la candidatura (con el liberalismo de moda en el continente) volvió a perder la elección, esta vez frente a Luis Alberto Lacalle. Finalmente, cuando las urnas le dieron la mayoría para gobernar a su aire, se enfrentó con una crisis financiera de dimensiones catastróficas.

Nobleza obliga, Jorge Batlle fue el primer presidente de la posdictadura que no utilizó su poder para amedrentar a los periodistas, una conducta que mantuvo aún en los peores días del 2002 y mientras los medios informaban sobre asonadas, niños que comían pasto y reservas bancarias que caían en picada.

En estos avatares, Batlle lució siempre como un liberal pragmático con el entusiasmo de un quijote. Todo lo contrario del demagogo de comité, del político acomodaticio y venal, imagen con la que intentaron asociarlo sus adversarios militares y civiles.

Hace pocos años le pregunté por qué no publicaba sus memorias. “Yo no escribo bien”, respondió. “El que escribe bien es Julio”. Desde luego, me ofrecí para hacer la tarea. “No, no… publicar las memorias es para los viejos”.

Es significativo que un hombre criado en el seno de la familia más influyente de la historia política nacional, no se la pasara evocando el pasado sino pensando en el porvenir y transmitiendo su convicción de que el mañana será, irremediablemente, mejor que el ayer.

Medio siglo después de comenzar su prédica, y mientras su prodigioso cerebro se apagaba, un presidente de izquierda negociaba en nombre de Uruguay un tratado de libre comercio con la segunda potencia económica del mundo. La lucha paga. Jorge Batlle tenía razón.

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