Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

La lata y el latero

La confirmación del procesamiento de Fernando Calloia por parte de la Suprema Corte de Justicia es un daño para el oficialismo, pero auto-infligido.

La confirmación del procesamiento de Fernando Calloia por parte de la Suprema Corte de Justicia es un daño para el oficialismo, pero auto-infligido.

Muchos opositores piensan que la designación del procesado expresidente del Banco de la República fue un acto de soberbia, de desprecio por la actuación de la Justicia y por la propia oposición. Algo similar a lo ocurrido con la nominación del ex- ministro de Economía, Fernando Lorenzo, para encabezar una lista a Diputados. En apariencia, el Frente Amplio no entiende lo que le pasó con Pluna, tal vez por creer que la ciudadanía decidió no sancionarlo. Sería un gravísimo error.

Desde el oficialismo se reivindicó su gestión y su inocencia. En efecto, tanto Lorenzo como Calloia son inocentes hasta que una sentencia judicial disponga lo contrario, si es que lo dispone. Aunque ambos están procesados, el punto no es ese, sino la sensibilidad que deben mostrar los dirigentes frente a los dictados de la ética convencional y la política. El punto es que el FA parece empeñado en desafiar un destino que es inexorable: va a llegar un día en el que tendrá que pagar las cuentas por sus errores y desplantes.

No se trata de que sean muchos o pocos, grandes o pequeños, o que el balance de los años que le toque gobernar terminen con un saldo más o menos positivo. La dura crisis que vivió el país arrasó con la economía nacional pero también con el Partido Colorado, y desplazó a los partidos históricos del poder hasta el presente. ¿Era el gobierno de Batlle responsable de todo? ¿Lo eran sus socios del Partido Nacional? En parte sí, pero en el año 2004, la mayoría del electorado manifestó su hartazgo con un estilo de hacer política, de manejar la cosa pública y, fundamentalmente, con los resultados percibidos.

Las elecciones del año pasado transcurrieron en un escenario económico, social y político, muy diferente a las que llevaron al Frente Amplio al gobierno por primera vez. Quizás eso terminó de alimentar en sus dirigentes la sensación de que las cuentas no se pagan y que resulta posible hacer lo que se quiera. Así, tuvimos insultos de Mujica contra opositores, compañeros y sindicalistas, acuerdos incumplidos y dos jerarcas procesados por abuso de funciones.

Tal vez el problema de la dirigencia frentista sea su negativa a aceptar que la corrupción no consiste únicamente en la utilización de la función pública para obte- ner un provecho económico. También lo es cuando se obtiene un provecho político.

Los procesamientos de Lorenzo y Calloia fueron consecuencia de actos de corrupción (patrocinados, según su propia confesión, por el entonces presidente Mujica) puesto que violaron la ley para evitar que se les terminara de caer la estantería en el caso Pluna. Es decir, que el ruinoso negocio con Leadgate amenazara gravemente el capital político del gobierno, además del patrimonio nacional. El provecho en la utilización de la función pública es manifiesto.

No se trataba solo de no meter la mano en la lata sino de evitar cualquier acción improcedente en beneficio del latero. Quizás el problema del oficialismo, no el caso Pluna, no haya sido falta de entendimiento sino de aceptar que en política, tarde o temprano, la ciudadanía cambia de humor y pasa la cuenta.

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