Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Lagos de barbarie

Los uruguayos tenemos la infantil idea de que lo que ocurre en otras latitudes nunca va a pasar aquí, y esto corre tanto para lo malo como para lo bueno.

Sin embargo, cuando nos llega la hora, la realidad (siempre tan porfiada como decía Seregni) nos despierta de una manera poco apacible.

Digámoslo frontalmente, como siempre: hay un continuo que vincula el desprecio y la poca convicción con que Daniel Martínez y otros altos dirigentes del Frente Amplio saludaron a Luis Lacalle Pou por su victoria, con los dichos de Florencia Lagos, joven comunista chilena que califica al presidente Sebastián Piñera de dictador y reconoce que los atentados y la barbarie desatados en su país no fueron espontáneos, sino organizados por la denominada Mesa de Unidad Social.

En el video, grabado hace pocos días en un encuentro de “comunicadores” organizado por la dictadura venezolana y rápidamente viralizado, Lagos le reprocha a Piñera que no quiera dialogar sobre una nueva Constitución con las “organizaciones sociales”. El reclamo involucra al sistema político, incluyendo a la mayoría de los partidos de la izquierda chilena.

¿Y qué propone para Chile la activista comunista? Lo que denomina “la construcción popular” de “procesos constituyentes” que siga el ejemplo “del pueblo y los conductores” de Venezuela y Cuba, donde esto ya ha ocurrido. Como lo leen.

Cuando decimos que hay un continuo que vincula hechos políticos locales con este estado de cosas, lo hacemos en el sentido estricto del término, por tratarse de situaciones que están unidas por una lógica, una ideología y aun por una organización, que las vincula y las hace interdependientes.

La lógica es el desprecio al adversario y a su legitimidad para gobernar (enmarcado en uno más amplio que incluye a la institucionalidad democrática), la ideología es la de la revolución comunista en cualquiera de sus disfraces, y la organización el Foro de San Pablo y sus múltiples replicadores locales.

La diferencia entre cuestionar las acciones de Piñera, ya sea porque reprime con excesiva violencia o porque es complaciente con los grupos terroristas, y calificarlo de dictador, es sustancial, y nadie que crea sinceramente en la democracia y el Estado de Derecho puede confundirse al respecto.

Mucho menos confundir a la sociedad o mirar para el costado si sus compañeros deciden, una vez más, justificar la violencia y despreciar la legitimidad democrática.

Falta saber en qué estadio de la revolución comunista se encuentra Uruguay, según sus promotores locales. Los dichos de algunos de sus principales voceros son convergentes con respecto al fondo del asunto: “organizar la resistencia” ante cualquier cosa que no les parezca adecuada a sus puntos de vista.

Pero tan importante como eso es enterarnos sobre cuánta violencia y desprecio por la legitimidad democrática están dispuestos a aceptar los frentistas democráticos, tolerantes y pacíficos, de sus compañeros revolucionarios.

Nadie medianamente responsable (no importa a qué partido pertenezca ni cuál sea su ideología) debería dejar de ocuparse seriamente de estos acontecimientos. Ni siquiera pensando que lo que ocurre en otras latitudes nunca va a pasar aquí.

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