Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Inseguridad; un problema real

La campaña electoral apenas ha comenzado y ya registra algunos episodios para el anecdotario. Los desencuentros y la demagogia, amenazan con opacar el intento de algunos de poner a consideración de la ciudadanía propuestas concretas, de modo que la elección sea en base a ideas y conductas reales.

La campaña electoral apenas ha comenzado y ya registra algunos episodios para el anecdotario. Los desencuentros y la demagogia, amenazan con opacar el intento de algunos de poner a consideración de la ciudadanía propuestas concretas, de modo que la elección sea en base a ideas y conductas reales.

En esta época de simuladores, resulta muy difícil hablar de lo real. La realidad social es una casa vacía a la que se puede amoblar a gusto del consumidor, incluso si no hay casa.

Piénsese en la manera que tiene el gobierno de “asumir” los datos de violencia delictiva. Las explicaciones de las autoridades, la campaña distractora del oficialismo y, sobre todo, el silencio y aparente indiferencia del gobierno, muestran a las claras que “la realidad” es algo lo suficientemente viscoso como para adoptar la forma que cada uno quiere darle.

Tomemos un caso extremo. ¿Es posible pensar que la inseguridad, percibida por la mayoría de la población y refrendada por los datos, puede ser motivo de dos interpretaciones? Sí, lo es. De lo contrario, el ministro ya no estaría en su cargo y el presidente no apostaría al disimulo y el largo plazo, como si tal estrategia fuera aún posible.

No es sólo que los datos de homicidios, rapiñas y hurtos son muy malos. Es que a pocas horas de reconocidos por las autoridades fue asaltada una comisaría en pleno barrio Pocitos de la que un ladrón que entró por una ventana se robó una cafetera. ¡Una cafetera!

De nuevo, entonces: ¿hay dos maneras de contar que los homicidios aumentaron 46 por ciento, las rapiñas 54 por ciento y los hurtos 24 por ciento, o de relatar cómo Uruguay está cuarto en tasa de homicidios en el continente, sólo por debajo de Venezuela, Colombia y Brasil?

La pregunta no admite la argumentación, entre infantil y desopilante, de las autoridades, sino que se refiere a dos narrativas, hipotéticamente válidas a los oídos de la ciudadanía, en base a las cuales procesar una campaña electoral.

La sociedad uruguaya añora un tiempo de paz que no fue tal pero que, en términos relativos, nos otorgaba mayores niveles de seguridad. Sin embargo, aparecen algunas dificultades al menos en tres asuntos: los cambios profundos que ha experimentado la sociedad contemporánea (y Uruguay con ella), los problemas sociales que aún perduran en el país y las políticas públicas implementadas en las últimas décadas, especialmente las de seguridad.

La consideración que hagan los votantes de estos asuntos podrá estar acotada a los datos que surgen de la “realidad” de los hechos, pero la decisión sobre quién votar incluye, como cuarta variable, el menú de ofertas electorales.

¿Está visualizando el electorado que la oposición puede obtener mejores resultados que el oficialismo? El razonamiento es igualmente válido para la economía, el medio ambiente, la vivienda o la educación.

Si la respuesta es que no, la propia gente va a encargarse de morigerar su mirada negativa sobre cualquiera de estos temas, hasta reconsiderar si vale la pena arriesgarse a cambiar.

La variable decisiva sigue no es lo que hace el gobierno sino la oposición, así aumenten los homicidios y le roben la cafetera a los policías de la Seccional 10ma.

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