Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Hoy mismo

La cuestión es solo entre la libertad y el despotismo”. Todo lo demás se discute, se arregla, se negocia. La libertad es consustancial a la dignidad humana y, como consecuencia, a la de las comunidades organizadas que conforman los países o Estados.

El natalicio de Artigas es la fecha que elegimos los uruguayos para honrar su memoria pero, las más de las veces, se nos pasa como una simple efemérides, enmascarada entre la jura de la bandera y el día de los abuelos.

Es tan rotunda la centralidad que le da Artigas a la libertad y son tantas y tan profundas sus implicancias que debería movernos a la reflexión. La frase que inspira estas líneas se completa con otra de sus máximas: “Con libertad no ofendo ni temo”. Dicho de otro modo, solo en el marco del respeto a la libertad de las personas y de las naciones pueden construirse relaciones basadas en la paz y el respeto mutuos.

El despotismo, en cualquiera de sus variantes, abona los reclamos airados, basados en el resentimiento que genera la explotación de unas personas sobre otras, así como la reacción con la fuerza infunde temor y sepulta doblemente la dignidad humana.

¿Por qué es importante seguir hablando de estos asuntos y en estos términos, siendo la realidad tan diferente a los tiempos de Artigas? Probablemente no haya respuesta más contundente a esta pregunta que la que daba Wilson Ferreira el 30 de noviembre de 1984: “por la libertad se pelea siempre porque nunca está definitivamente conquistada”.

La aparente derrota del líder nacionalista (acababa de ser liberado por la dictadura, que lo encarceló para que no participara de las elecciones de ese año) no podía ser motivo de flaquezas en la lucha por la libertad. Por eso proclamaba que “para nosotros la lucha comienza todos los días de nuevo y por lo tanto, comienza hoy”.

Entramos de lleno en un proceso electoral que pinta incierto y complicado, que consagrará un estado de cosas diferentes al actual, cualquiera sea el ganador de la contienda. Los viejos ideales de libertad asociados a la capacidad de las personas de resolver de manera autónoma, sin interferencias dogmáticas o represivas por parte de los poderes públicos, sobre la construcción de su propia vida, deben seguir siendo la medida con la cual considerar todas las propuestas electorales.

El problema es que las nuevas formas de violación de la libertad (por ejemplo de la laicidad, entendida como neutralidad del Estado frente a los asuntos que admiten controversia entre los particulares) son quizás más peligrosas que las antiguas, en la medida que aparecen solapadas y legitimadas por los nuevos relatos, con que los nuevos dogmáticos quieren desembarazarse del orden liberal-republicano.

No importa la coartada con que se presente; toda forma de dogmatismo tiene el germen de la intolerancia y el autoritarismo. No identificarlas ni combatirlas podría ser un gravísimo error de las fuerzas políticas y sociales auténticamente progresistas, que encarnan los valores de la libertad, la justicia y el respeto a la ley y los derechos humanos. Esta lucha que no es para después de las elecciones ni del próximo 1º de marzo, sino para cada debate y discurso de campaña. Es decir, para hoy mismo.

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