Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Fariseos

Sepan disculpar los cultores de la plañidera y el fariseísmo, conductas tan al uso en estos tiempos de show off, pero algunos de nosotros no nos sentimos responsables de la trágica muerte de Lucas.

Podemos condolernos con sus familiares y amigos y suponer lo que debe sentirse al perder un hijo (uno de los míos lleva su mismo nombre) pero no nos reprocharnos no haber hecho nada, ni mucho menos estar contribuyendo, directa o indirectamente, con la enajenación del espíritu que termina en el ataque a mansalva.

Tampoco nos hacemos cargo de la alevosía que ganó el corazón de su matador, ni de los cómplices que alientan por las redes o los cánticos al exterminio del adversario. No solo no lo practicamos. Tampoco lo escribimos, ni mucho menos lo enseño a nuestros hijos, por la sencilla razón de que no encarnamos el odio.

Es una modestísima contribución que hacemos a la paz social porque, fuera del temperamento que ponemos en los debates sobre cosas que estimamos trascendentes, no justificamos ningún tipo de agravio contra nadie, por grande que sean las diferencias que separan nuestros valores de los ajenos.

¿A qué viene esta autoexculpación, a título individual y colectivo? A que resulta de una hipocresía sin límites golpearse el pecho en público cuando muere un joven en circunstancias violentas y luego expresar odio o desprecio por quienes sostienen ideas o identidades que no se ajustan a las propias, que se parece tanto a adoptar conductas enajenadas ante un resultado deportivo adverso.

Algún día, los periodistas, referentes deportivos y voceros de las más diversas causas sociales, caerán en la cuenta de que los pibes de las barras bravas, como los de los comités partidarios, sindicales o confesionales, no decodifican las metáforas con facilidad.

Comprenderán también que, si predican que un partido es “de vida o muerte”, o que si gana el adversario sobrevendrá el caos y la pérdida de derechos, no faltará quien crea que, ante tales extremos, es mejor ponerse del lado de los sobrevivientes y resistentes, y que atacar en nombre de una causa a la que consagramos la vida, no debe estar tan mal después de todo.

Nadie estrena violencia vaciando el cargador contra una multitud indefensa e inadvertida. Nadie debuta como predicador del odio alentando a otro a que lo haga. El desprecio por el prójimo se encarna en corazones rotos y en cabezas vacías, especialmente cuando lo que las ahueca es la falta de ideas nobles.

Los manipuladores no tienen otra causa ni camiseta que la de dominar y, en su camino al poder y la gloria, son capaces de hacerle creer a los más débiles que vale la pena matar y morir.

La alternativa a la violencia criminal es el respeto al prójimo, tributario a su vez del respeto que nos debemos a nosotros mismos. De modo que la convivencia pacífica nace de la forma en la que cada persona se considera a sí misma, y esta, de la manera en la que hemos sentido que cada quien ha sido tratado.

La manipulación, que no repara en enajenar y radicalizar los sentimientos de personas más o menos inermes para que sostengan una causa que consideran sublime, no es solo una forma de destrato y menosprecio del prójimo. Es, además de un acto de fariseísmo, un atentado criminal.

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