Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

El fin de la ética

El senador José Mujica pretendió minimizar la compra de un traje de baño para un ejecutivo extranjero realizada, presuntamente, por el entonces presiden- te de Ancap, Raúl Sendic. “¿Qué hago? ¿Lo mato al tipo porque compró un short a una visita extranjera?” Mujica calificó el gasto como una bobada tolerable.

El senador José Mujica pretendió minimizar la compra de un traje de baño para un ejecutivo extranjero realizada, presuntamente, por el entonces presiden- te de Ancap, Raúl Sendic. “¿Qué hago? ¿Lo mato al tipo porque compró un short a una visita extranjera?” Mujica calificó el gasto como una bobada tolerable.

Por otro lado, hay por lo menos dos mil frenteamplistas “por la ética en la política”, una denominación que en otra época hubiera sido sobreabundante.

El Frente Amplio nació como reacción a los abusos en la función pública, a la utilización de los recursos estatales para fines particulares (clientelismo, nepotismo, acomodos o cosas peores), una forma de hacer política que, 46 años atrás, ya resultaba inaceptable.

Es significativo que algunos frentistas sientan ahora el impulso de juntarse bajo esta severa invocación. Habría que ponerse en la piel de estos militantes para saber qué sintieron cuando escucharon a la figura más influyente y popular del oficialismo banalizando la corrupción.

El comentario sobre la compra del short lleva la banalización a tal punto que nos rebaja a todos a considerar seriamente la posibilidad de que la corrupción sea una cuestión de montos y no de conductas, de liquidez y no ética.

Quizás se pueda comprender este desatino si se tiene en cuenta que, entre las promovidas virtudes de “el Pepe”, no se encuentra la de valorar adecuadamente el dinero y los bienes materiales, asuntos con los que mantiene un vínculo tortuoso.

Su desprecio hacia el trabajo abnegado y hacia su representación material forma parte de un conjunto de valores que ha predicado por todo el mundo. Debe tenerse presente que Mujica no es, en sentido estricto, un asceta o un monje mendicante. Su desapego de los bienes materiales no incluye los simbólicos, como la búsqueda permanente del éxito político.

Lo que Mujica hizo desde la Presidencia con su enorme poder guarda relación con su desprecio por los bienes materiales y los rigores del cálculo, la planificación y el recato. El país aún intenta dilucidar algunas de las múltiples manifestaciones de manejo por lo menos dispendioso de recursos que no eran suyos sino de la comunidad.

¿Qué tan grave es comprarle un short con dineros públicos a un presunto visitante extranjero? Si Mujica no lo entiende, debería preguntarse a los miles de frenteamplistas que reclaman “ética en la política”. O a algunos de sus exjerarcas.

Cuando saltó el escándalo de las tarjetas, le pregunté a Daoiz Uriarte, exvicepresidente oficialista de OSE y uno de los que aparecía en la lista, si alguna vez había tenido que comprarse ropa en el exterior. “Sí, claro, respondió. Pero la pagaba con mi dinero”.

Los recursos de los uruguayos no están a disposición de los gobernantes para comprar bermudas a ejecutivos extranjeros. Ni reales ni imaginarios. Si algún burócrata estatal cree del caso tener una atención con el visitante, que lo costee de su propio bolsillo.

Banalizar la corrupción ni siquiera es una estrategia para evitar costos políticos. Es el fin de la ética. Y el comienzo del fin.

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