Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

¡La escalera!

No existe una causa que explique, por sí sola, por qué el Frente Amplio se encamina a perder el gobierno.

Con el desgaste de los quince años en el poder, la economía frenada, el vicepresidente renunciado por corrupto, el desfonde del Fondes y de Ancap, la violencia incontrolable, las promesas electorales traicionadas y los incesantes errores de campaña, sería casi milagroso que el resultado fuera otro.

La lista puede ser más o menos extensa pero la consideración de los ítems, como todo en política, ameritaría matices, relativizaciones y, por qué no, eximentes.

Si hubiera que elegir una razón profunda que explique la inminente derrota, habría que ubicarla en el terreno moral. La derrota de las causas nobles comienza cuando el espíritu se corrompe, y esto no necesariamente supone la perversión por las riquezas. Contrariamente a lo que predica el saber convencional, la gente no se dispone a matar o morir por dinero.

Antes bien, las personas buenas se corrompen por poder. Por alcanzar y mantener el poder.

El proceso supone el paulatino abandono de las virtudes de antaño, para hacerle lugar en el corazón a los pecados capitales: el egoísmo, las relaciones de sometimiento, la ira que se descarga sobre el prójimo, la envidia por lo que el otro puede lograr, y finalmente, la soberbia.

Estamos asistiendo a una campaña plagada de trampas, destinadas a que el Frente Amplio retenga el poder. Menos violencia física (toquemos madera sin patas) hemos tenido de todo. “De todito”, como dicen en Minas cuando quieren darle un tono superlativo a un concepto de por sí absoluto. Entre las peores trampas se encuentra la apelación al miedo.

La campaña de terror desatada por el oficialismo cubre una amplia paleta de mensajes bizarros, que incluye amenazas de pérdidas variadas en su monto y jerarquía para el caso de que gane la oposición. Todos asustan. Los ministros asustan. Los sindicalistas asustan. Los artistas asustan. Aun conviniendo que no es lo mismo perder el salario que el carnaval, la imaginería siniestra de los propagandistas del oficialismo ha sido tan frondosa como bizarra.

Pero si la corrupción anida principalmente en el alma de las personas y luego impregna a las organizaciones, su peor excrecencia es la soberbia, la valoración excesiva de los méritos propios, el anhelo enfermizo por demostrar que se es superior a los demás.

Los líderes y los burócratas más conspicuos suelen ser alcanzados por la soberbia cuando las mieles del éxito endulzan la boca de los comensales. Pero como la vida es larga y da vueltas, lo dulce termina careando los dientes e incluso tornando su sabor hacia lo amargo. Es la derrota, que les llega sin que nadie de la platea tenga la delicadeza de avisar.

Cuando ese día fatídico se acerca, quienes cultivaron la soberbia y la autoestima hasta el paroxismo, terminan expuestos al ridículo. La escena final de la película cubana “Guantanamera” retrata a un burócrata haciendo un discurso en un cementerio, subido el pedestal de una estatua, delante de una sufrida concurrencia y en medio de una tormenta tropical. Su línea final representa con ingenuo dramatismo, el momento del despoder, del derrumbamiento: “¡Ayúdame! ¡La escalera! ¡Alcánzame la escalera!”.

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