Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Un error de cálculo

Que la cúpula de la Federación de Profesores de Secundaria pudiera confundir un aula (donde se pretendía leer una proclama sindical) con una sala de profesores, es una hipótesis inverosímil aún para Caperucita Roja.

Que la cúpula de la Federación de Profesores de Secundaria pudiera confundir un aula (donde se pretendía leer una proclama sindical) con una sala de profesores, es una hipótesis inverosímil aún para Caperucita Roja.

El hecho era a tal punto violatorio de la legislación (que protege ese ámbito pedagógico contra cualquier forma de proselitismo) que generaba incluso causal obligatoria de destitución. Esto debió mover a la prudencia a los dirigentes de Fenapes, habitualmente imprudentes, quienes decidieron dar marcha atrás para no entrar en zona de turbulencia con sus aliados estratégicos del Codicen.

No hay lugar a dudas ni a dos interpretaciones. El Estatuto del Funcionario Docente en su Artículo 3°, los obliga a abstenerse de “hacer proselitismo de cualquier especie en el ejercicio de sus funciones o en ocasión de las mismas”, tanto como a impedir que eso ocurra. De haberse leído la proclama, habría extendido la violación del Estatuto a las jerarquías de los liceos, el Consejo de Secundaria y los propios miembros del Codicen.

La flagrancia era de tal magnitud que terminó por convencer a los dirigentes de Fenapes de que, al menos por esta vez, era mejor desactivar la medida.

Aún a riesgo de despertar la risa de los lectores, conviene recordar que también se habría violado la Constitución en su Art. 58, que prohíbe a los funcionarios públicos “toda actividad ajena a la función, reputándose ilícita la dirigida a fines de proselitismo de cualquier especie”, en los lugares y las horas de trabajo. Mientras que el Estatuto busca impedir lo que Fenapes pretendía perpetrar (un acto de adoctrinamiento de niños y adolescentes), el texto constitucional procura poner a resguardo de facciosos el ámbito público, así como a los funcionarios ajenos a tal facción.

Es significativo que, el mismo grupo de militantes sindicales que señala, acertadamente, la ilegalidad del decreto de esencialidad del año pasado (tal la justificación de la planificada algarada) pretenda conmemorar el acontecimiento cometiendo un hecho igualmente ilícito.

Es cierto que la marcha atrás del gremio docente es una buena señal para la institucionalidad democrática y el sistema educativo, pero nadie debería engañarse. Se trata apenas de un espejismo, un extraño error de cálculo en el que uno de los grupos de poder del sistema hizo lo que en lenguaje futbolístico se denomina “una de más”: una acción alentada por el triunfalismo y el sentimiento de superioridad que termina desbaratando la jugada.

Por cierto, volverán mañana por lo que consideran suyo, y es de esperar que en esa ocasión la ministra de Educación no dude sobre la ilegalidad de lo obvio y con el resto de las autoridades docentes pongan su celo en la Constitución y el grito en el cielo.

Lo que ocurrió el martes pasado fue grave, aún sin concretarse el ilícito anunciado para el miércoles, pero pensar que los dirigentes de Fenapes confundieron un aula con una sala docente, es una befa (una burla grosera e insultante) que, como dijimos, no se la cree ni Caperucita Roja.

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