Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

La economía, otra vez

La campaña electoral adelanta sus plazos y ya insinúa un enfrentamiento crucial: la defensa de la actual conducción de la política económica o la alternativa nacionalista, eventualmente en coalición con los demás partidos.

Como era de esperar, cualquier país en las circunstancias por las que atraviesa Uruguay, tiene como gran tema de la campaña a la economía, mucho más que la seguridad y muchísimo antes que cualquier otro asunto relevante.

Más allá de las imprecaciones del oficialismo contra todo lo que se mueva, no parece que figuras como Danilo Astori, Bergara o Pablo Ferreri, sean las más indicadas para señalar eventuales inconsistencias en las propuestas de la oposición. No porque estas sean mejores o peores sino porque fueron ellos quienes nos condujeron hasta esta encrucijada.

Podrá decirse con razón que lo mejor que podía hacer el Frente Amplio era poner al frente de la economía a Danilo Astori y su equipo. Incluso podrá agregarse que, si de ellos hubiera dependido, no se habrían cometido algunos desaguisados y despilfarros como Ancap o el Antel Arena. Como sea, fue con su aquiescencia que se consolidó un discurso y una práctica gubernamentales consistentes en separar la consagración de derechos de la posibilidad de financiarlos.

Ya fuera por irresponsabilidad, ideología o demagogia, la idea de que el gasto público siempre es incremental, que el dinero faltante lo tiene alguien a quien es justo arrebatárselo, y peor aún, que semejante práctica no tiene externalidades negativas sobre la dinámica económica y la posibilidad real de generar riquezas para repartir, nunca encontró en el astorismo una condena firme y efectiva.

Hoy tenemos con un déficit fiscal fuera de control (literalmente, el gobierno intentó abatirlo y lo aumentó) y advertencias de las calificadoras de riesgo de que, por este camino, el grado inversor corre peligro. ¿Qué puede ofrecer Danilo Astori, Daniel Martínez o alguien en su nombre, que no hayan intentado ya?

Con una oferta laboral en fase recesiva y el agobio de los sectores que sostienen el peso de la tributación, el panorama parece demasiado complicado para el oficialismo. De ahí que se apueste al argumento “ad verecundiam”, esto es, la retahíla de que sólo el profesor Astori puede conducir la economía del país; o peor aún, la apelación a infundir el temor a la incertidumbre que puede generar la rotación de partido.

Hay otro problema y no está en el oficialismo sino en la oposición. Todas las encuestas dicen que la mayoría, que alguna vez acompañó al Frente Amplio, quiere ahora un cambio y no termina de encontrarlo. Mirando la serie larga, ambas expresiones (el hartazgo y la insatisfacción con la oferta electoral) son igualmente consistentes.

La pulseada tiene un final abierto pero no parece favorecer al oficialismo, sobre todo si insiste con la idea de que aún es posible aumentar los impuestos. El empleo, los salarios, el déficit fiscal, la competitividad, las tarifas públicas y la tributación, son los grandes temas de la campaña y allí concentran su poder de fuego los principales competidores.

Una vez más, adquiere vigencia el recordatorio de James Carville, asesor de campaña de Bill Clinton: “es la economía, estúpido”. 

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