Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Depende

No sé sabe qué fue primero, si la degradación cultural de buena parte de nuestra gente o el ánimo despectivo y destructivo de José Mujica.

Como sea, el resultado ha sido francamente desolador. Su última parrafada contra los posibles inversores que llegarían de Argentina aprovechando las ventajas anunciadas por el presidente electo (a quienes llamó, genéricamente, “cagadores”), es un ejemplo más en una larga lista de exabruptos y doble rasero.

No hace falta recordar cuánto se benefició el país de la anterior oleada de inversores argentinos. Huían de las detracciones y las arbitrariedades y ayudaron a levantar nuestra agropecuaria después de la crisis del 2002. Bien que lo recuerda Mujica que, a partir del triunfo del Frente Amplio en las elecciones del 2004, se convertiría en ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca.

No hace falta (o acaso sí) recordarle cuánto se benefició políticamente él mismo. A caballo de ese crecimiento y de la sobria gestión del equipo económico liderado por Danilo Astori en el quinquenio 2005/2009, Mujica llegaría a la Presidencia y vería crecer su electorado por todo el país.

Sería injusto achacarle a él la creación de la doble moral progre, esa compulsión que los hace reaccionar de forma inmediata y soliviantada cuando un guardia de seguridad mata a un ladrón en Paysandú intentando evitar su fuga, y guardar silencio sepulcral cuando un joven policía es asesinado salvajemente por unos delincuentes en Canelones, para robarle el arma y el chaleco antibalas.

La misma doble moral con la que niegan la corrupción y el fraude cuando el presidente es compañero, miran para el costado cuando la mujer es la que mata o el padre es la víctima, olvidan lo de “oligarquía o pueblo” cuando los oligarcas invierten durante sus gobiernos, reclaman libertad de cátedra cuando son minoría y la usan para adoctrinar cuando tienen el poder suficiente, apoyan dictaduras en nombre de una utopía desquiciada o cualquier situación en la que la endeble ideología progre pueda verse cuestionada.

En rigor, no es posible determinar si los progres están a favor o en contra de nada, que no sea su propio camino al poder absoluto. ¿Acumulación de capital? ¿Extensión de la miseria y la tiranía? ¿Destrucción del medio ambiente? ¿Inversión de oligarcas extranjeros? ¿Sometimiento al sistema financiero? ¿Terrorismo? ¿Justicia independiente? ¿Privatizaciones? Ninguna estas preguntas pueden ser respondidas por sí o no desde la ideología progre sin escuchar antes el previsible y ominoso “depende”.

Haga la prueba. Coméntele a un amigo progre algún hecho de actualidad protagonizado por un líder progre. Luego de un tiempo, repita el experimento en un caso similar pero protagonizado por un líder de otra filiación política. Cuando perciba la doble moral, repróchele su falta de valores éticos y de una mínima coherencia argumental. Verá que se enfurece, pero no muestra arrepentimiento.

Entonces habrá comprendido por qué es posible que alguien como Mujica, capaz de arrodillarse ante los inversores argentinos o llamarles “cagadores” según le convenga, goce de tanta popularidad.

Aunque no está claro qué fue primero, si la decadencia espiritual o su personaje más emblemático, el resultado desolador está a la vista.

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