Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Culebrón rioplatense

Nuestros hermanos argentinos no nos dejan faltar nada. Estrellas de tevé, astros del fútbol venidos a menos, turistas en cantidades industriales, y millones de dólares gastados o invertidos en estas costas dan testimonio de tal afirmación.

Este enero nos han sorprendido con el caso de Marcelo Balcedo, un sindicalista y empresario de La Plata que, siguiendo el sino de todo argentino que se precie, decidió un día compartir con sus vecinos uruguayos el fruto de sus esfuerzos.

Casas y autos suntuosos, vuelos privados y extrañas excavaciones en un cerro cercano a Playa Verde, no fueron suficientes como para que las autoridades antilavado sospecharan de que algo fuera de lo común estaba ocurriendo.

¿Cómo fue que este luchador social, devenido millonario excéntrico, terminó tras las rejas? Las autoridades argentinas decidieron finalmente terminar con la impunidad, porque una cosa es haber tenido al Lole Reutermann corriendo en la escudería de Maranello y otra, a un dirigente del sindicato de los limpiadores de escuelas acumulando ferraris y fusiles en su mansión del Cerro del Burro, Maldonado, Uruguay.

El caso Balcedo podría tomarse como una metáfora rioplatense: los uruguayos, con nuestra calidad institucional y nuestro disimulo típicamente provinciano, recibiendo a un sujeto investigado por lavado de dinero en Argentina, segunda generación de caciques locales dedicados al turbio negocio del poder.

Si bien el sindicalismo uruguayo no goza de mucho prestigio (en un ranking institucional que se realiza periódicamente están penúltimos, solo por encima de los partidos) es impensable que el secretario general de un sindicato de funcionarios públicos herede por la fuerza el cargo de su padre, en un gremio al que jamás perteneció. Un hecho insólito, solo superado por la ostentación de riquezas y poder, desapegado por completo de cualquier compromiso político, ideológico o de clase social.

A los habitantes de la antigua Provincia Oriental nos gusta regodearnos en estas miserias platenses porque nos hace sentir que, al menos en algo, somos superiores a nuestros vecinos. Luego viene el resto de la realidad, acaso menos gratificante.

De viaje por Estados Unidos hace una década, un fiscal salvadoreño vinculado a la lucha contra el narcotráfico me comentó lo llamativo que resultaba que Uruguay contara con legislación antilavado pero no con presos por esta causa. Intenté una excusa referida a que, en realidad, Uruguay no estaba en la ruta del narcotráfico, al menos no tanto como otros países. El fiscal se sonrió y cambió de tema.

Un día aparece un Balcedo, viviendo como un magnate mexicano y controlando sus negocios desde una mansión de proporciones californianas, con un parque automotor que haría empalidecer al mismísimo Donald Trump. Entonces todos nos preguntamos cómo fue que esas cosas llegaron hasta allí sin que saltaran las alarmas de nuestras formidables instituciones, y fundamentalmente, qué habría pasado si las autoridades argentinas no se hubieran decidido un día empezar a investigar sus intocables.

Quizás seguiríamos cultivando el autoelogio, la siesta y los baños de mar, tan disfrutados por nuestros hermanos argentinos, que en términos generales, no nos dejan faltar nada.

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