Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Colegas siempre

La gente de Radio Carve publicó un suelto el martes pasado haciendo referencia al nuevo rumbo que ha tomado mi vida pública y que me aleja del periodismo quizás para siempre.

El texto es tan afectuoso como exigente, y en ambos sentidos me ha causado un impacto espiritual muy profundo.

“Para nosotros lo mejor sería que cumplas tu nueva tarea del mismo modo que cumpliste tu vocación periodística”, dicen los colegas de Carve, y luego adelantan cómo vamos a vincularnos: “nuestro trabajo va a ser cuestionarte, mirarte desde cerca”. La primera oración encierra un elogio y un desafío. La segunda una advertencia. Ambas reflejan lo mejor que tiene esta profesión.

Lo único que inhibe el trabajo político, entendido este como activismo partidario, es el rol del periodista independiente que se ocupa de la temática política. Algunas personas confunden, por ignorancia o por rechazo a la crítica, la independencia y neutralidad del periodista con relación al hecho del que informa con la asepsia, con la ausencia de opinión, la mera secuencia de datos.

Pretenden pasar por alto que el periodismo incluye abordajes y estilos múltiples, y que no es lo mismo el imprescindible rigor informativo (en el lenguaje, la recopilación, a la narración y la contextualización de las noticias) con el análisis o la opinión. Todos son expresiones periodísticas pero cada una tiene sus propias reglas y límites.

Hay una matriz común en cualquier abordaje periodístico que va más allá de la tarea en los medios de comunicación. En algunos casos puede ser anterior al desempeño profesional. Me refiero a esas manías que nos acompañan desde la infancia y nos persiguen durante toda la vida, como la curiosidad irrefrenable frente a lo nuevo, la búsqueda de los porqués y los cómos, el ansia por conocer la verdad, el apego a los datos y a los hechos, el sentido de lo que es justo, la diferencia entre los que tienen poder y los que lo padecen.

No es el paso del tiempo ni la acumulación de anécdotas, imágenes y palabras lo que nos hace sentir intrínsecamente. Es la incapacidad de poder ver el mundo con otra perspectiva que no sea la del cuchillo. No digo el bisturí porque sería del todo arrogante. Digo cuchillo porque vincularse con los hechos y sus protagonistas en el fragor diario de los medios y el “vivo” no siempre permite la sutileza en el corte. Eso nos hace volver una y otra vez sobre los datos, las personas, las declaraciones, las conjeturas y las hipótesis.

A veces lastimamos y otras nos hacemos daños a nosotros mismos. A veces nos acercamos furiosamente a la verdad y otra la perdemos como a una dama esquiva. Lo que nunca puede ocurrir es que actuemos con indolencia, malevolencia, falta de ecuanimidad, de pasión por la verdad o, llegado el caso, de disculpas.

Como se ve, nada de esto se puede dejar por el camino por pasarse “al otro lado del mostrador”. De hecho, no están aquí por formar parte de la deontología de esta profesión, tan apasionante como rigurosa; están ahí porque nos estructuran como seres humanos, y por tanto, nos acompañan en todas las facetas de la vida. Gracias a los amigos de Carve y a todos los periodistas que se han comunicado para saludarme por este paso. Amigos siempre. Colegas siempre.

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