Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

“Chicos bien”

Hay una parte de la izquierda que no cree en las universidades privadas. Tampoco en la educación privada en general, y eso por no creer en la iniciativa privada. Se trata, como dijeron algunos de los diputados frentistas, de un tema ideológico. Al parecer, hay una ideología en algún confín del universo, aún no descubierto por los telescopios humanos que, estando basada en la planificación central y el poder corporativo, funciona.

Hay una parte de la izquierda que no cree en las universidades privadas. Tampoco en la educación privada en general, y eso por no creer en la iniciativa privada. Se trata, como dijeron algunos de los diputados frentistas, de un tema ideológico. Al parecer, hay una ideología en algún confín del universo, aún no descubierto por los telescopios humanos que, estando basada en la planificación central y el poder corporativo, funciona.

El episodio del recorte de las exoneraciones impositivas a quienes donen su dinero a las universidades privadas, es solo el capítulo más estrafalario, pero no será el último ni el más destructivo. Algunos de sus voceros proclaman también la conveniencia de la intervención estatal en la fijación de precios, con una convicción similar a la de los teólogos de la Inquisición que condenaron a Galileo. La Tierra, porfiadamente, se seguía moviendo alrededor del Sol y no al revés.

La eliminación de las exoneraciones impositivas parece surgida de un curso especial para analfabetos funcionales y tiene como resultado (quizás en pocos días debamos decir “tenía”) únicamente perjudicar a las universidades privadas, quizás inspirados en el prejuicio, tosco y falsamente justiciero, de que allí se educan los hijos de los ricos. Como el prejuicio es hijo de la ignorancia y el dogmatismo, podemos matizar lo del analfabetismo funcional, aunque gente así de destructiva no merece mucha consideración.

En efecto, hay más “chicos bien” en tres o cuatro facultades de la Udelar que en todas las universidades privadas del país. Quizás los diputados Civila, Gelman y Núñez no lo sepan, pero las universida-des privadas están llenas de jóvenes trabajadores, hijos de laburantes que alcanza-ron ingresos relativamente buenos, que prefieren pagar con sacrificio por un título que llegará en un tiempo razonable.

¿Es suficiente la bobera ideológica y el analfabetismo funcional como para justificar una decisión de esta naturaleza? Probablemente no.

El filósofo e historiador español Antonio Escohotado, ha dedicado los últimos años de su vida a investigar lo que denomina “Los enemigos del comercio”, un colectivo que viene del fondo de la historia y que puede identificarse, genéricamente y sin que esto signifique una pertenencia partidaria o ideológica, como los “comunistas”.

Escohotado señala que los comunistas representan el más rancio espíritu conservador, en la medida que aborrecen de la incertidumbre de la libertad humana (expresada en los éxitos y fracasos del comercio pero también de la acción política y la organización social) y promueven una utopía definitiva, inmóvil.

El historiador recuerda que el comunismo moderno es “la primera revolución llevada al éxito por intelectuales” y citando a Schumpeter, define la intelectualidad co-mo la “profesión del no profesional, especializado en alimentar y organizar el resentimiento”.

¿Qué otra motivación puedo tener semejante parrafada? Ninguna tan fuerte como esta ideología del resentimiento, que desconfía de todo lo que no puede planificar y controlar. Empezando por la iniciativa privada, esto es, la de las mujeres y los hombres libres que comercian, fabrican, estudian, discuten y aprenden fuera del dogma hegemónico.

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