Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Carnaval amargo

Con sus anuncios del lunes pasado, el ministro Danilo Astori inauguró el carnaval de las promesas electorales. 

Arrinconado por las encuestas y los desaguisados de sus candidatos, el gobierno y el oficialismo salieron a dar pelea con lo que tienen a mano.

No queda claro si es peor su decisión de recurrir a las cuentas públicas para intentar que su campaña despegue, o su tendencia al agravio y la descalificación, que se suma a la apelación al miedo y la falsificación de los hechos.

La semana pasada fueron dos intentos fallidos. Uno contra el candidato a la vicepresidencia por el Partido Colorado, Robert Silva, y otro contra el candidato a la presidencia por el Partido Independiente, el senador Pablo Mieres.

El segundo no alcanzó a levantar vuelo cuando, en cuestión de horas, el hashtag #RenunciaMieres fue abandonado por sus propios impulsores (muchas cuentas de Twitter con aspecto de bots, dirigidas desde un comando) ante la respuesta contundente de #MieresCumple, inspirado en el alto récord de asistencias, presentación de proyectos y cumplimiento de su labor parlamentaria, que luce la víctima. Tal parece que el candidato presidencial oficialista, Daniel Martínez, firmó un pacto contra las noticias falsas, pero ninguno contra la utilización de los bots para desacreditar competidores.

El primero fue más lejos y llegó a cosechar un pedido de informes de parte del senador del MPP, Charles Carrera. Es decir, los mismos que generan la duda, en lugar de presentar pruebas, piden informes, que es lo que debieron hacer antes de sembrar la sospecha sobre la conducta de un candidato opositor.

Estos hechos, el carnaval de promesas con cargo a las cuentas públicas y el de los ataques a figuras de la oposición, nos van dando la tónica de lo que será el resto de la campaña.

El ministro Astori, que fuera en su día una garantía de mesura en una coalición siempre tentada a gastar sin freno, dijo que llevaba dos años estudiando el paquete de medidas. Dos años dijo, y no se le movió un músculo del rostro. Dos años y vino a anunciarlas cuarenta y siete días antes de las elecciones. Un corso de lentitud, insensibilidad o demagogia; elija el lector la hipótesis que le parezca más acertada.

Semejante mascarada solo es comparable con el anuncio, realizado por Daniel Martínez pocas horas antes, de construir doscientos centros educativos en dos años. Una humorada digna del rey Momo, por parte del exjerarca de un gobierno que tiene cerrada una vía de la rambla montevideana desde hace cuatro meses para hacer una simple reparación.

Quedan seis semanas y habrá que prestar atención a la andanada de golpes bajos y embustes que llegarán, salpicados en todo caso por chascarrillos inesperados, como la sincera arenga de la inefable Graciela Villar: “¿Quién dijo que todo está perdido?”

Pero nada es más riesgoso ni deja peores secuelas que la campaña de sospechas y agravios, a la que, por lo visto, el Frente Amplio está dispuesto a recurrir antes de aceptar pacíficamente su derrota. Ni siquiera la apelación al miedo, que envilece el espíritu de la gente más sencilla y la hace tomar decisiones desesperadas, ni el carnaval de promesas con cargo a las cuentas públicas, deberían causar tanto rechazo.

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