Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Cantar en el balcón

Me despertó el silencio. En la madrugada del martes ya no se escuchaban automóviles, ni las tradicionales aceleradas de los fanáticos y los motochorros por la ahora lejana Avenida Giannattasio.

Tampoco se escucharían los murmullos de los peatones por la mañana. Era apenas el día 4 y la gente empezaba a aceptar la situación. Ahora es miércoles de tarde; el letargo y el silencio, apenas perturbado por los rumores del viento, lo invaden todo.

Cuando todo esto comience a ser un recuerdo, el país pasará raya y pondrá de un lado a quienes estuvieron a la altura de las circunstancias y del otro a los que actuaron con desidia, impericia o negligencia, solo que ese día parece hoy lejano.

Es tiempo de concentrarse en lo que nos hace avanzar hacia la solución, o como se dice ahora, es tiempo de “tener foco”, y no hay ninguno mejor que la esperanza puesta en el día luminoso que nos espera más allá del Covid-19.

La metáfora del foco va de la mano con la concentración en lo fundamental que supone toda crisis: restringir los esfuerzos superfluos y limitarse a invertir en lo importante, como la salud, el cuidado propio y el del prójimo, la lista de cosas que queremos rescatar para el día después, empezando por los vínculos de afecto y siguiendo por los asuntos mal llamados “materiales”, como el trabajo, el salario, el bienestar.

Hace unos días, que parecen años, nos conmovía el video de un tenor italiano que animaba a sus vecinos cantando desde el balcón “Una furtiva Lágrima”. ¿Qué más puede hacer un tenor en cuarentena, en un invernal atardecer florentino, que alzarse sobre su metro cuadrado de aire libre y cantar a viva voz un aria de Donizetti?

Mientras algunos nos guardamos del virus, hay compatriotas ahí afuera atendiendo enfermos, informando, investigando, cuidándonos, llevando alimentos e insumos de primera necesidad. Lo que nos pone a resguardo a unos y otros es la aceptación de la realidad, el cumplimiento de la ley y del deber, que no significa otra cosa que hacer lo que se debe hacer.

Deberíamos, por ejemplo, reconfigurar la manida metáfora de la crisis como oportunidad, limpiando nuestro mundo de los virus que lo envenenan. Específicamente, aquellos que nos impiden expresarnos en todo nuestro potencial, y muy especialmente los virus mortales del sarcasmo y la ironía, siempre tan cercanos al cinismo, que han infectado las redes sociales y que amenaza con transformarse en nuestro estilo predilecto de decir las cosas.

Hacer lo que se debe, y no lo que se quiere, parece una traición a la presunta indolencia originaria de nuestra gente, esa falsa idea de libertad que suele asociarse con el espíritu indomable del gaucho. Esta patria (como todas) se hizo venciendo adversidades con sacrificios individuales y sentido de lo colectivo, de lo que nos pertenece a todos, especialmente en el riquísimo campo de lo simbólico, esos valores y representaciones cardinales por las que la gente suele arriesgar la vida. Unidos en el aislamiento, los uruguayos vamos comprendiendo que lo mejor es cumplir con nuestro deber, seguir las recomendaciones de las autoridades, cultivar la templanza y, sobre todo, cantar en el balcón, sacar lo mejor de nosotros en el peor momento. Cada uno a su modo y en su tono.

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