Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Del brazo

La escena del presidente Vázquez introduciendo del brazo a su sucesor, en el saludo protocolar a las nuevas autoridades argentinas, va a quedar en lo mejor de nuestra historia cívica.

No solo por el contraste con sus homólogos rioplatenses (la fórmula Fernández-Fernández ya aportó, a horas de haber asumido, una colección de desaguisados de populismo y desprecio por el adversario) sino porque exhibe la calma con la que se viven los cambios de época en nuestro país.

La escena registró entre los uruguayos dos reacciones, en apariencia antagónicas, sobre las que debemos advertir y desestimar. Una es el infantilismo de pensar que la amistosa imagen sepulta los riesgos de futuros enfrentamientos. La otra expresa el cinismo (a veces de origen ideológico, a veces patológico) con el que algunas personas reaccionan ante cualquier expresión de amistad entre rivales y, en general, de contenido simbólico.

El abrazo no anula las acciones negativas de sus protagonistas, pero nos obligan a reinterpretarlas, eventualmente con mayor indulgencia, a la luz de este episodio lleno de serena grandeza.

Tampoco hace desaparecer los riesgos que se ciernen sobre el país en esta hora del continente y del mundo, en la que la estabilidad y la lealtad institucional aparecen acorraladas por nuevas pulsiones disruptivas.

Quien quiera vivir en una sociedad libre de conflictos haría bien en mudarse a Disneylandia, y eso si no le toca hacer de pato Donald un día de calor como los de esta semana. La sociedad uruguaya presenta la conflictividad esperable, de acuerdo con su complejidad y sus niveles de insatisfacción, ya sea que estos se pretexten en hechos objetivos, como la violencia y la marginación, o subjetivos, como las conclusiones que surgen de las diferentes explicaciones de la realidad.

Lo que define a una comunidad no es la cantidad de conflictos ni su potencial destructividad, sino la manera como la manejan sus individuos, sus organizaciones y sus líderes. Cuando vemos a Cristina Fernández despreciar nuevamente a su sucesor (hace cuatro años no fue capaz de entregarle en persona los atributos de mando) estamos ante el reflejo de una sociedad que justifica la no cooperación y el agravio en el manejo de los conflictos políticos o sociales.

Son sistemas que se caracterizan por la falta de lealtad institucional, la desconfianza, la inestabilidad y la violencia.

Cuando vemos que el presidente de un partido, que acaba de ser derrotado, viaja al exterior a presentar a su sucesor del brazo, estamos ante una sociedad que maneja sus conflictos con una dosis suficiente de cooperación y asertividad.

La capacidad de expresar nuestros reclamos y defender nuestros derechos respetando las opiniones y la integridad moral de los demás, contiene las tentaciones de los violentos, que siempre encuentran algún agravio para justificarse.

Ojalá que esta escena de alto contenido simbólico marque el fin de la campaña electoral, de sus desplantes y desencuentros. Ya es tiempo de que todos los actores políticos comiencen a trabajar en la construcción del futuro sobre la base de sus convicciones y prioridades, pero aceptando que, llegado el momento, es necesario deponer antagonismos y caminar del brazo.

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