Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Big Jake, 2018

La pregunta es una línea de la película Big Jake, un western de 1971 protagonizado por el gran John Wayne. En la escena, el personaje de Wayne se encuentra con dos hombres que están por ahorcar a un pastor de ovejas delante de su hijo, a quien además, acaban de golpear.

¿También van a matar al niño o solo van a pegarle un poco más?".

La anécdota se la escuché al ministro de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Chediak, con quien siempre es un gusto dialogar, especialmente sobre temas ajenos al Derecho. La última vez que tuve tal privilegio fue el pasado 11 de setiembre, fecha en la que se recuerda, entre otras atrocidades, el golpe de Estado con que Augusto Pinochet, traicionando su juramento y la confianza depositada en él, arrasó con la democracia chilena y acabó con la vida del presidente Salvador Allende.

Para Chediak, un jurista preocupado por lograr que las personas comprendan el vínculo inextricable que une a la libertad con el cumplimiento de los deberes, el personaje del filme enfrenta el dilema de actuar en un asunto que no es de su incumbencia para evitar que se cometan al menos dos injusticias o seguir su impulso primero de no inmiscuirse en asuntos ajenos. La reflexión es de una trascendencia ética enorme.

¿Hay circunstancias en las que las leyes morales no nos permiten alegar indiferencia frente a las vicisitudes ajenas? ¿Hay una línea roja que marque el límite de sufrimiento en el prójimo, cruzada la cual estamos obligados a actuar? Y en tal caso, ¿no entraría tal precepto en contradicción con nuestra natural y comprensible tendencia a no complicarnos la vida más allá de lo necesario?

Le comenté al ministro Chediak que, desde mi punto de vista, la clave a este dilema está en la pregunta sobre el futuro que cabía esperar para el hijo del pastor, inocente de toda sospecha, si el personaje de Wayne permitía que se asesinara a su padre.

Las violaciones a los derechos de las personas nunca comienzan a aplicarse masivamente. En términos generales, las tiranías no se proclaman como tales, ni los tiranos adelantan sus planes de exterminar a discreción. Antes bien, la sociedad asiste a un descaecimiento general de los valores cívicos y humanitarios, esos anticuerpos que impiden que tales desmanes puedan instalarse como práctica normal y consolidar el espacio de poder que necesitan los genocidas.

El filósofo francés Olivier Clerc inmortalizó este síndrome en la fábula de la rana hervida, que está basada en una ley de la física: si se echa una rana a una olla con agua hirviendo, esta salta y escapa del peligro, pero si se la echa con agua fría y se la calienta lentamente, la rana muere sin siquiera darse cuenta.

La coartada ideológica es lo de menos. La violación de la Constitución o de los derechos humanos, por justificada o insignificante que parezca, nunca termina en eso. La indiferencia ante estos atropellos puede acabar comprometiendo la vida de personas que están alejadas del conflicto, así se trate de niños.

El asesinato de una persona que ni siquiera pudo defenderse nunca es el último crimen, no importa que lo cometa Pinochet, Guevara o los chicos malos de Big Jake. El dilema se resuelve comprometiéndose siempre, y eso quiere decir ahora mismo.

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