Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Amor de padre

Carta imaginaria (y quizás infrecuente) de un asesor presidencial a su hija que busca trabajo:

Hija querida, espero que comprendas el sentido de estas líneas. Como sabes, me siento honrado de servir al país al lado del presidente de la República por segunda vez. No tendré años de vida suficientes como para agradecerlo. Sé que también para ti es un motivo de orgullo.

Como padre no puedo menos que sentirme complacido de que hayas coronado tu esfuerzo con un título universitario.

Estoy seguro de que tendrás una vida llena de satisfacciones profesionales. Tu talento y esfuerzo, sumados a los contactos con gente influyente, te convierten en una privilegiada, al menos en relación a otras profesionales que, como tú, aspiran legítimamente a realizarse en aquella actividad que han elegido.

Pero te escribo porque me he enterado de que un ministro necesita una persona de confianza con tu perfil profesional. Yo podría, de ser necesario, hablar con él para facilitar tu contratación. Como padre, además, me sentiría orgulloso de verte prestar servicios al país desde una secretaría de Estado. Sin embargo, no creo que sea conveniente que eso se concrete.

Como supondrás, no voy a utilizar mis influencias para favorecerte. Se trata de dineros públicos, administrados por un gobierno democrático, que debe rendir cuenta tanto por los resultados como por los procedimientos.

Aquellas viejas prácticas de los partidos tradicionales fueron desterradas hace ya mucho tiempo, espero que para siempre. Pero además, hay muchas otras personas con méritos similares a los tuyos, que tienen idéntico derecho a ese puesto. Personas jóvenes que, como tú, necesitan trabajar y que no tienen a mano un padre influyente. Como te consta, hijita, nosotros hemos luchado siempre contra los privilegios basados en la posición social. Pero hay algo más.

Aunque el ministro decida contratarte por tus virtudes y sin mi influencia, la gente va a sospechar que fui yo quien, finalmente, promovió tu contratación. Si eso ocurre, la maledicencia pública habrá ganado una batalla política que afectará a nuestro gobierno y a nuestra familia. Como padre, ciudadano y militante político, no lo puedo permitir.

Yo sé que esto puede resultarte injusto y probablemente lo sea. La vida política tiene estos sinsabores, aún para personas como yo, que luego de muchos años de lucha han llegado alto en el escalafón del poder. Yo sé que no deberías estar sufriendo lo que, en rigor, es el resultado de mis decisiones personales. Si eso es lo que sentís, deberías considerar cuántas gratificaciones y posibilidades de servicio ha dado ya el Estado a nuestra familia.

Te ruego que me comprendas y que, en todo caso, intentes resolver tu situación laboral con el Gallito Luis del próximo domingo. Puedes incluso, gracias a lo mucho que ha avanzado el país en inclusión digital, hacerlo con LinkedIn.

Allí aparecen muchas ofertas de empleo. Si no hay ninguna acorde a tus conocimientos y estatus social, te quedan todavía innumerables contactos con particulares, que la vida ha puesto a tu disposición por tus condiciones personales y por ser la hija de quien sos. ¡Arriba los que (la) luchan, hija!

Te quiere, Papá.

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