Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Acordatorio

Esta vez fue Ernesto Talvi. El candidato presidencial colorado advirtió sobre el riesgo de que tome fuerza en nuestro país el nacionalismo ideológico.

El comentario fue realizado en el marco del primer “conversatorio republicano” organizado por la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, del cual participaba junto a los también presidenciables Daniel Martínez, Luis Lacalle Pou y Pablo Mieres.

El temor al posible surgimiento de una ideología nacionalista reaccionaria, generó el único momento de tensión, ante la mirada del candidato del Partido Nacional, rápidamente sofocada entre sonrisas por Talvi, ubicando al Partido de Oribe en el marco de un nacionalismo humanista, no xenófobo.

Algo parecido señalábamos desde esta columna la semana pasada, en clara advertencia sobre el relativo éxito del partido Cabildo Abierto y el discurso de sus principales figuras, en la hipótesis de que la aritmética electoral lo coloque en condiciones de imponer su agenda en un gobierno de coalición.

Pablo Mieres introdujo uno de los asuntos centrales en el debate contemporáneo sobre la libertad, especialmente la de expresar el pensamiento, y la laicidad, entendida como neutralidad del Estado en los asuntos de controversia entre los ciudadanos.

La idea de la neutralidad del Estado en cuestiones religiosas o filosóficas, está detrás de lo que hoy denominamos “sociedad civil”, un orden regido por la ley, donde las diferencias se zanjan por la regla de la mayoría (es decir, de la democracia) allí donde no pueda reinar la libertad, como distinguió oportunamente el candidato nacionalista, Luis Lacalle Pou.

Pero si es sabido que las dictaduras y tiranías totalitarias son abiertamente liberticidas, no lo es tanto que la libertad de expresión del pensamiento hay que cuidarla también de la democracia, como recordara Mieres, antes de comprometer a su partido en la derogación de la denominada Ley de Medios. Pero el problema es aún más profundo.

En muchos países democráticos, y so pretexto de proteger la salud moral o física de la población, o de sectores potencialmente vulnerables, suelen aprobarse leyes que restringen la libertad de comunicación de ideas. Los riesgos de la imposición de la nueva moralidad, que se expresa en asuntos vinculados a la salud, la defensa del medio ambiente, las conductas en el espacio público o el lenguaje sexista, no son menores a los del viejo dogmatismo teológico, que perseguía a quienes practicaban ritos paganos o simplemente se apartaban del comportamiento convencional.

Es poco probable que las sociedades democráticas avanzadas justifiquen la censura de ideas políticas o religiosas, pero la libre expresión del pensamiento sigue corriendo riesgos, toda vez que una conducta que genera rechazo despierte en la mayoría la presunción de que existe legitimidad democrática para censurarla.

La uniformidad en el campo de las ideas empobrece el pensamiento crítico y limita nuestro accionar como personas de buena voluntad, comprometidas con el futuro. Debe celebrarse que el conversatorio haya sido un adoratorio, al menos en los valores sustanciales, pero sin bajar la guardia ante los embates de quienes proclaman el dogma de la intolerancia, ya sea que se basen en cuestiones de clase, género o lugar de nacimiento.

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