Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

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Aún me emociona cantar La Internacional el 1° de mayo, aunque solo se trate de un ritual ético, practicado en el entorno familiar. El himno de los trabajadores, escrito por el francés Eugene Pottier en 1871, transmite un sentimiento de épica social, de lucha contra la opresión y la injusticia, cohesionada bajo el concepto de la fraternidad universal de los explotados.

Aún me emociona cantar La Internacional el 1° de mayo, aunque solo se trate de un ritual ético, practicado en el entorno familiar. El himno de los trabajadores, escrito por el francés Eugene Pottier en 1871, transmite un sentimiento de épica social, de lucha contra la opresión y la injusticia, cohesionada bajo el concepto de la fraternidad universal de los explotados.

Pero el mundo que conocieron Pottier y los primeros sindicatos clasistas guarda tanta relación con el mundo actual como la lamparilla de filamento con la pantalla táctil. No porque haya desaparecido la explotación sino porque los herederos políticos de aquellos internacionalistas mostraron las inconsistencias de la ideología que sustentaba su lucha. Puestos a revolucionar el mundo a favor de los proletarios, fracasaron en toda la línea, aunque la retórica del Pit-Cnt en cada 1º de mayo haga de cuenta que nada ocurrió.

Gustav Landauer (1870- 1919), poeta y filósofo alemán, decía que “el socialismo es posible en todos los tiempos, siempre y cuando los hombres quieran”. Landauer transitó un camino de radicalización hacia el anarquismo y de crítica contra el marxismo y la socialdemocracia, para luego abrazar las banderas del pacifismo y el gradualismo, abogar por una sociedad de naciones que asegurara la paz y los derechos humanos, y renegar de la revolución bolchevique. Detenido el 1° de mayo de 1919, sería asesinado por soldados del ejército bávaro, para alivio de sus antiguos camaradas.

Si la construcción socialista depende de la voluntad de los ciudadanos, entonces su rumbo se debate entre el autoritarismo y la nada, a menos que se convierta en una forma más o menos liberal de capitalismo. Es la coerción y no la voluntad el mecanismo por el cual los generadores de la riqueza (patrones o asalariados) renuncian a una parte de sus frutos en beneficio del prójimo. Por eso existen sistemas tributarios más o menos rigurosos, voraces y eficientes, según las riquezas disponibles (que genera el capitalismo) y la calidad institucional de cada país.

A diferencia de lo que plantea la retórica sindical, no estamos ante un problema de justicia sino de antropología. Todos nosotros (incluyendo la cúpula del Pit- Cnt y el delegado de la central propatronal de Cuba) nos guardaríamos de buena gana el total de nuestras retribuciones si no existiera un sistema de obligaciones y sanciones.

Los sistemas éticos o ideológicos de distribución voluntaria (caridad, donaciones y activismo social en general) constituyen un aporte significativo a la redistribución de riquezas, pero su recaudación suele estar por debajo de las necesidades, una cifra difícil de estimar y a la que debe agregarse el costo de la burocracia, que administra el reparto, toma a los necesitados de rehenes y anula toda iniciativa emancipadora.

Parafraseando a Landauer, solo la voluntad de los seres humanos crea riquezas y posibilita el reparto. Fuera de eso, lo que hay es brutalidad y miseria. La injusticia no está en la acumulación de las riquezas que surgen del esfuerzo propio sino en los sistemas políticos, económicos y sociales, que dificultan a las personas disponer de mayores posibilidades para valerse por sí mismas.

A eso se refería La Internacional de Pottier, un himno que está por encima de las contiendas partidarias y que aún canto, emocionado, cada 1º de mayo.

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