Francisco Faig
Francisco Faig

Zurdas mentiras

Puede parecer desilusionante la forma en la que la izquierda trata el tema de Lula y la corrupción de Brasil. Porque es como si el tiempo no hubiera pasado: sigue tergiversando y mintiendo como en la época de la Guerra Fría.

Los más veteranos podrán recordarlo claramente. Hasta 1989, cuando la caída del muro de Berlín, hubo siempre en nuestros debates políticos un trasfondo que era propio de la confrontación internacional en la que estaba sumido el mundo, entre por un lado el campo occidental liderado por Estados Unidos, y por el otro el campo socialista liderado por la Unión Soviética.

En el caso de la izquierda, sacando algunas honrosas y escasísimas excepciones, los partidos que conformaron el Frente Amplio (FA) y sus aliados participaron activamente de esa lógica de confrontación, con un alineamiento total al campo socialista. Los detallistas dirán que había matices de estrategias o sutilezas de interpretación filosófica o histórica de tal o cual con respecto a la gran corriente internacional pro-soviética. Pero lo cierto es que principales partidos de aquel FA, como el comunista que en 1989 fue el más votado de la coalición o como el socialista que veneraba al marxista leninista (y espía barato) Vivian Trías, interpretaban la política mundial a través de la Guerra Fría y estaban totalmente alineados al lado soviético. Y fueron ellos los que formaron políticamente a la mayoría de las por entonces juventudes de izquierda que hoy son los cincuentones que ocupan cierto protagonismo en el FA.

Puede sonar raro para mucha gente joven que actualmente conoce muy poco de este alineamiento pro-soviético. Pero efectivamente ocurrió, por ejemplo, que a pesar del caso Padilla, la mayor parte de la intelectualidad pro- FA siguió alineada tras la dictadura de Castro en Cuba; que Astori vio con buenos ojos la represión comunista en Polonia en 1981; que Arismendi convivió feliz en su exilio con la feroz dictadura comunista alemana; o que los socialistas felicitaron al tirano comunista Ceausescu de Rumania poco antes de la revuelta popular que lo fusiló en 1989.

Es que detrás de todas estas actitudes políticas había un relato, un convencimiento dogmático y una interpretación histórica que justificaba cualquier exceso de parte del campo socialista. Incluso los negaban porque, decían, las informaciones que daban cuenta de las violaciones a los derechos humanos en los países que sufrían el yugo comunista formaban parte de la propaganda imperialista yanqui para desprestigiar al socialismo. Afirmaban, impertérritos, que con el comunismo la gente era más feliz que viviendo bajo la "democracia burguesa".

Eran, en realidad, todas patrañas ya en aquel entonces fácilmente comprobables. Pero el argumento actual ante la corrupción de Lula es similar: que hay intereses ocultos contrarios a las fuerzas populares brasileras; que se trata de campañas de desinformación de la derecha transnacional; o, paradigma mayor de la estupidez analítica compañera tan extendida entre nuestros universitarios de izquierda, que el procesamiento de Lula fue solo por convencimiento antojadizo de varios jueces, en particular el de Moro.

Está de moda ahora hablar de la posverdad. Pero cuidado: la izquierda hace muchas décadas que la conjuga sin ruborizarse.

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