Francisco Faig
Francisco Faig

Zurdas mentiras

Desde que perdió las elecciones en 2019 la izquierda está intentando generar un relato que explique lo que pasa en el país. Es un relato tan mentiroso y persistente como el que heredamos acerca de la década del sesenta.

Los ejemplos de las mentiras que lo conforman son numerosos. Algunos de ellos: la falacia de afirmar que el Frente Amplio perdió “por el anca de un piojo”, cuando en verdad recibió 39% de los votos en octubre de 2019 y en setiembre de 2020 (nacionalizado); el querer hacer creer que el Estado ha sido prescindente durante la crisis de la pandemia porque gobiernan insensibles neoliberales que trajeron hambre al país; el argumento de juntar firmas contra 135 artículos de una ley para lograr que sea “democráticamente” discutida, cuando en verdad el Parlamento representativo de la ciudadanía analizó esa ley, la enmendó y la votó con amplísimas mayorías; o el último vómito izquierdista a una cadena de televisión alemana, acerca de que aquí peligra la libertad de expresión, algo tan disparatado que logró incluso que algunos referentes relevantes del periodismo de izquierda salieran públicamente a descalificar tan enorme patraña.

La opinión pública mayoritaria se da claramente cuenta de que lo que la izquierda plantea son simples mentiras en las que solo creen los fanáticos del comité de base. Sin embargo, nuestra experiencia histórica obliga a ser prevenido, ya que ese mismo talante izquierdista, propagandista y mentiroso fue el que ideó las fábulas acerca de los años sesenta que, hoy, forman parte del sentido común ciudadano.

Que los Tupamaros se alzaron en armas porque creían inminente un golpe de Estado en los años 60; que cierta revuelta estudiantil era consecuencia de un autoritarismo derechista dictatorial iniciado en 1968; que el Frente Amplio era la expresión política democrática y progresista del país en 1971; que la izquierda siempre estuvo contra la dictadura; y que solo hubo terrorismo y torturas cometidas por los militares: todos ejemplos de enormes falsedades históricas, que en su época el Uruguay civilizado y democrático sabía perfectamente que eran simples patrañas, pero que hoy son enseñadas como verdades, incluso en las materias que en escuelas y liceos se ocupan de estos asuntos.

La izquierda actual es sustancialmente la misma que armó el relato histórico del país de los últimos setenta años. Hoy no está Costa Gavras para hacer un film de propaganda protupamaro, pero sí opera la Deutsche Welle para mentir a cara de perro. Y, como enseña la vida del canario Trías, la izquierda siempre encuentra compatriotas que entonan, serviles y meritorios, la melodía zurda internacional: si es a cambio de un contratito, un televisor, un whisky importado o quince minutos de fa-ma, mucho mejor.

La clave está del otro lado. ¿Se aprendió bien la lección de lo que es capaz de hacer la izquierda mintiendo sobre la historia y la vida del país con tal de beneficiar sus intereses políticos y electorales? Ojalá que sí, de forma de combatir radicalmente ese talante leninista tan nefasto que es capaz de prostituir con gusto a la Historia con tal de multiplicar sus hijos zurdos.

No es un combate efectista ni menor. Debe ser constante, político, cultural y de largo aliento. La buena salud de la República lo precisa.

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