Francisco Faig
Francisco Faig

La tribu bovina

El espíritu tribal sobre el cual tan bien ironizó Julio Herrera y Reissig en el “Tratado de la imbecilidad del país” hace más de un siglo, se mantiene vigoroso.

Presenta sus ilustraciones más obvias en el mundo académico vinculado a las ciencias sociales. Allí, son muchos los que dicen trabajar con honestidad intelectual pero expresan en realidad, sin vergüenza alguna, su bovina adhesión tribal hecha de profundos y hasta ridículos sesgos ideológicos.

Es cómico, por ejemplo, cómo los que tibiamente levantan, a veces, el dedo meñique para susurrar quejas sobre algunas de las tantas violaciones a los derechos humanos en Venezuela, se rasgan ahora vigorosamente sus viejas y bolches vestiduras por la represión en Chile. Muestran su sesgo (¿o su profunda incapacidad de análisis?) cuando en la comparación omiten una dimensión sustancial: Venezuela es una dictadura, Chile una democracia. Apenas pueden bufan sobre la inequidad o la desigualdad en Chile, pero siempre callan acerca de la delincuente plutocracia militarista que gobierna Caracas y deshace su economía.

Da vergüenza ajena cuando hacen el ridículo defendiendo a Lula. Dan pena cuando hablan de una crisis de la democracia en la región que coincide con que la izquierda ha sido expulsada del poder en elecciones legítimas, a la vez que ni se inmutan de las severas denuncias sobre el fraude electoral que favoreció a Morales en Bolivia. Son capaces de llorar por tantos incendios en la Amazonia bajo Bolsonaro, pero no se les cayó una lágrima cuando los incendios eran mucho más numerosos con Rousseff. Sufren por los indígenas en Ecuador y critican a Lenin Moreno, quien según ellos, y muy a pesar de su nombre de pila, resultó ser un neoliberal; pero ni siquiera musitaban el apellido Correa cuando era él quien hacía sufrir a tanto indio.

Hay muchos ejemplos más. Está el que para explicar el auge de Sendic escribió que había surgido como “por un resorte”, y después solo constató su caída sin señalar causas; está el otro que en la recta final de 2014, desesperado, comparó a Lacalle Pou con Paulo Coelho; o aquel de más allá, que le reza al militar Seregni pero se angustia y despotrica contra el militar Manini Ríos. Todos cortados por la misma tijera: la de la tribu endogámica que esputa primitivas consignas izquierdistas y las disfraza de incólume legitimidad académica. Y además, en el mayor colmo, pretende que la opinión pública valore sus gemidas sandeces como si fueran grandes reflexiones.

Le asiste razón a quien afirme que no es un fenómeno solo oriental: alcanza con observar la grieta intelectual argentina para constatarlo. Sin embargo, lo propio de esta decadente academia bovina nuestra, que muge sus mandados políticos y rumia por sus cucardas de ascensos y prebendas compañeras estatales, es que de forma casi unánime ha venido formando por lustros a la pequeña élite y líderes de opinión que analizan la sociedad y la política locales.

Desde su izquierdo potrero han dado sentido sesgado a la historia nacional, han legitimado versiones y memorias particulares y han armado un relato político y social funcional al Frente Amplio que se ha esparcido con amplitud y sin remedio, a la manera en que los bovinos esparcen libremente su bosta por el campo.

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