Francisco Faig
Francisco Faig

Trías y Civila

Siempre me resultó aburridísima la izquierdología.

Eso de saberse bien cuáles eran de tal grupúsculo, quiénes de tal otro partido, o cuál era el movimiento armado aquel que terminó derivando en una alianza parcial con este otro, de forma de conocerse al dedillo los pormenores sociales de nuestros provincianos zurdos.

Es aburridísimo, además, porque lo realmente interesante y que refiere a las divergencias ideológicas solo son, en realidad, matices. La izquierdología termina siendo aquello, medio en serio y medio en broma, de saber por qué los verdaderos trotskos se pelearon con los trotskos verdaderos, y terminaron conformando la corriente trotskista-real radicalmente enfrentada a la real-trotskista. En definitiva, si se evita lo grupuscular, la verdad es que lo que diferencia al Partido Comunista de los Tupamaros y del Partido Socialista (PS) no es muy sustancial: todos reivindicaron por décadas el modelo socialista-comunista en tiempos de la Guerra Fría. Todos, hoy, adhieren a la infame dictadura de Cuba; y todos, a la terrible tiranía de Maduro.

Si se ahonda un poco en el caso del PS, la dignidad de Frugoni fue dejada de lado en los años 60 para adherir mayoritariamente a un líder que mucho izquierdista vernáculo considera un gran teórico socialista. Aquí, de vuelta, mi aburrimiento: la obra de Trías siempre me pareció un bodrio fenomenal. Mal escritos, sus textos resultan una suerte de exégesis marxista estreñidamente digeridos en el sopor de una resentida siesta en Las Piedras, con argumentos pseudoeconómicos que refieren a improbables fases capitalistas solo imaginables por devotos miopes de Engels y Hegel. No en vano lejos de la penillanura bolchemente ondulada esa obra no es referencia de nada.

Hace poco, finalmente, se supo que el Trías de textos ininteligibles era, antes que nada y sobre todo, un vulgar traidor a la Patria: un miserable que se vendía por un par de whiskies importados y algún electrodoméstico.

Que de ese partido marxista leninista latinoamericanista triista haya podido surgir el candidato más importante y exitoso de la historia de la izquierda resultaría un misterio divino, si no fuera porque Vázquez encarnó, antes que nada, un pragmatismo radical. Mucho más enamorado del poder que de cualquier verso intelectual izquierdista sincero -al punto que llegó a plagiar sin empacho a Perry Anderson-, su liderazgo corrió en carril paralelo a su pertenencia a la “máquina de conseguir cargos” que, según Mujica, es el PS.

Que de ese partido garganista prokirchnerista y estéticamente rendido al pelo graso de Olesker haya podido emerger una nueva generación hecha del talante de Civila es, pues, un truismo. Los incrédulos esperanzados en la renovación de la izquierda tuvieron su caída en el camino de Damasco con la interpelación a Arbeleche. Encandilada por el resplandor triista, la ceguera ideológica del PS contagió a todo el Frente Amplio (FA): no hay Ananías zurdo que cure a nadie, ni hay San Pablo alguno que pueda encauzar a este FA así renovado como una opción de poder sensata y sinceramente demócrata.

Trías y Civila son, empero, en algo formidables: ilustran genialmente la frase de Marx que dice que la historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados