Francisco Faig
Francisco Faig

Terminó una era

Envié a un amigo blanco un mensaje que me parecía resumía bien la noche electoral del domingo: hay Patria. Me respondió, corrigiéndome con razón: hay Patria, para todos.

La elección de octubre cerró quince años de una excepción política que implicó la mayor acumulación de poder de toda nuestra historia. Las mayorías parlamentarias, los sustentos sociales, las bases culturales, las connivencias sindicales y los alineamientos empresariales en favor de la era frenteamplista en el poder no cumplieron, empero, con lo que fue la promesa más importante del período: la de ir hacia un país de primera.

Apenas el ciclo económico internacional cambió en 2015- 2016, se empezaron a notar grandemente las debilidades del proyecto frenteamplista. Quizá la más importante de todas fue la de nunca contrariar las características esenciales que moldean al país desde hace ya demasiadas décadas: una sociedad envejecida; desconfiada de cualquier cambio de fondo, porque ninguno logró jamás corregir nuestro declive tendencial de larguísimo plazo; acostumbrada al clientelismo estatal que solo salva destinos individuales; igualitarista por envidiosa; y encerrada en un satisfecho provincianismo autocomplaciente que le impide asumir su relativa decadencia.

Tres grandes problemas no pudieron ser disimulados por el zurdo relato hegemónico: la enorme y creciente inseguridad, los apremios del mundo productivo sobre todo en el Interior, y la desintegración social que va de la mano del estrepitoso fracaso educativo. La gente se hartó. En particular, esos cerca de 200.000 uruguayos que, mal que bien en estos lustros, habían prestado su apoyo al Frente Amplio (FA), pero que esta vez decidieron confiar en una alternancia.

Más allá del resultado del balotaje, los 42 diputados y 13 senadores del FA de 2020 serán una representación muy similar a la de los 40 y 12 respectivamente de 2000. La izquierda sigue siendo un actor importante, pero el pueblo definió ahora que debía retomarse la vieja tradición nacional del diálogo interpartidario para formar gobierno. Y para esta nueva era no hay duda de que los partidos de la alternancia, que juntos conforman amplias mayorías parlamentarias, son los mejores protagonistas.

Sin cucos: Talvi no es un ogro neoliberal, Manini Ríos no es un nazi, y Lacalle Pou ha mostrado estatura presidencial. Y todos ellos son lo suficientemente responsables como para acordar un rumbo común de gobierno. Porque también esta elección dejó en claro dos cosas más: que la gente entiende perfectamente la lógica electoral del balotaje; y que la dirigencia de los tres partidos mayoritarios de la alternancia asumieron esa lógica sin dificultades.

Finalmente, lo más importante y sobre lo que ha insistido Juan Martín Posadas: hay que forjar una reconstrucción nacional que haga que la prédica frenteamplista de odio y resentimiento, de raíz leninista-schmitteana y que la izquierda agudizará si pierde el balotaje, quede deslegitimada. Si hay alguien que ha mostrado entenderlo con enorme sabiduría, ha sido Lacalle Pou. En paralelo, la alternancia en ciernes parece haber excluido también la ingenuidad bambi que, infelizmente, caracterizó demasiadas veces en estos años a la oposición.

Por eso la buena noticia del principio. Hay Patria sí, y para todos.

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